Not a member?     Existing members login below:

Aguas Fuertes

papel, y eran también monedas queinmediatamente introducía en el cajoncito verde:
cuando levantaba lavista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.
Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuréalejarme de
aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútilesesfuerzos para no escuchar el
tañido de la fatal campanilla, y en todaspartes tropezaba con la misma escena. Notaba
que los transeúntes semiraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían
preguntas entono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de
periódicos,chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo
queestá en capilla».
Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte ennuestro
país; y no obstante, siempre la he mirado del mismo modo que losautos de fe y el
tormento; como una cosa que pertenece a la historia.Esto se explica, atendiendo a que
he residido siempre en una provinciadonde por fortuna hace ya bastantes años que no
se ha aplicado. Conocíaalgunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia
de losviejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, concierta
admiración, mezclada de terror.
Recuerdo que en la madrugada de un día de otoño frío y lluvioso, salí demi pueblo
para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido comonunca lo había
estado, bajé a escape la escalera en compañía de mipadre. Ambos marchábamos
embozados hasta las cejas, no sé si por miedoal frío o por no vernos las caras.
Nuestros pasos resonabanprofundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa
del díaque comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los farolesque aun
se hallaban encendidos, y las casas, dejando caer de sus tejadosalgunas gotas de
lluvia, parecían llorar mi marcha. Al atravesar uncampo situado a la salida de la
población, me dijo mi padre: «Este es elsitio donde se ajusticiaba a los reos de
muerte.» Sentí un temblor igualal que corrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del
cajón verde. ¡Diosmío, qué lejos estaba en aquel momento mi corazón de estas
escenas dehorror!
Pasé todo el día inquieto y nervioso escuchando el toque de lacampanilla fúnebre
por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si lacampanilla sonaba realmente, o
eran mis oídos los que la hacían sonar.Compré cuantos papeles se vendían por las
calles referentes al reo, ylos devoré con ansia. No me atreví, sin embargo, a pasar por
delante dela cárcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunqueme
dijeron que había mucha gente por aquellos sitios. En cambio pasévarias veces por
delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujerhabía venido de muchas leguas
lejos, a solicitar el indulto, y alojabaen una casa sucia y miserable de uno de los
barrios extremos de Madrid.Allá a la noche me sentí fatigado, cual si hubiera pasado
el díatrabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraído por las calles,y me
acosté temprano. Tardé en conciliar el sueño, como sucede siempreque uno anda
Remove