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Aguas Fuertes

milsacrificios pecuniarios? Ya hemos dicho que para infundir energía yvigorizar al
pueblo y al ejército. Pues bien; yo no sé cómo han llenadosu deber en los primeros
tiempos: mas actualmente puedo decir que estánmuy lejos de desempeñarlo con la
exactitud y el celo apetecidos. En vezde mostrar una actitud imponente que sobrecoja
y atemorice el ánimo, envez de rugir y echar centellas por los ojos, y sacudir las rejas
de lajaula con el aparato del que quiere saltar fuera y devorar en un credoa todos los
espectadores, se pasan la mayor parte del día en letargovergonzoso, tirados en un
rincón como objetos inanimados, sin que lasexcitaciones del respetable público logren
hacerles menear siquiera lacola. Cuando por casualidad se les encuentra de pie, no
hacen otra cosaque pasear tranquilamente por la celda sin desplegar ninguna especie
deferocidad, como un poeta lírico que estuviese meditando algún sonetoenrevesado
para la Ilustración Española y Americana: cuando abren laboca y estiran las garras,
nunca es en son de amenaza, sino paradesperezarse groseramente; y si tal vez que otra
les da la humorada derugir, lo hacen con tanta delicadeza, que más que de devorarlos,
pareceque tratan de enterarse de la salud de los espectadores.
Es necesario cortar este abuso. ¿Cómo? Buscando el origen y destruyendola causa.
El origen de tal apatía y negligencia por parte de estosanimales no puede ser otro que
el no dárseles el sustento necesario. Lasbestias de la Casa de fieras pertenecen a la
clase docente, y como elprofesorado en general, están muy mal retribuidas: tienen los
huesossalientes, el pellejo arrugado, el aspecto miserable y triste. Unprofesor amigo
mío (que también tiene los huesos salientes y el pellejoarrugado), me decía no ha
mucho tiempo que él no enseñaba más cienciaque la equivalente a los catorce mil
reales que le daban. Las fierasdeben de seguir el mismo sistema. Auménteseles, pues,
el sueldo, déseleslas piltrafas suficientes, y el Ayuntamiento verá sus cátedras
deenergía y ferocidad perfectamente desempeñadas.
IV
EL PASEO DE LOS COCHES
Se trabó una lucha titánica en el Ayuntamiento y en las columnas de losperiódicos.
Los peones nos defendimos bizarramente. Hicimos esfuerzosincreíbles para salvar
nuestro Retiro de la feroz invasión; peroquedamos vencidos. En las hermosas calles
de árboles nunca profanadas,chasquearon las herraduras de los caballos, y los
modernosconquistadores, los bárbaros de la riqueza entraron soberbios,arrollándonos
entre las patas de sus corceles.
Vivíamos felices y tranquilos, y a veces nos decíamos:—«Tenéis losteatros, los
salones, la Casa de Campo, la Castellana, sois los dueñosde Madrid; pero nosotros
poseemos el Retiro. Para gozar el aroma de susflores, la frescura de sus árboles y la
grata perspectiva de suscalles, es necesario que dejéis vuestro coche a la puerta y
 
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