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Aguas Fuertes

armas que le pedíamos. Nos contó cómo habíarechazado en la Cava Baja con
veintisiete hombres a dos compañías decazadores, y de qué forma estaba dispuesto a
«rendir el último suspiroen holocausto de la libertad». Los chulos que tenía a sus
órdenes lellamaban «mi general», cosa que nos tenía encantados, por más que no
nospareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la mismacopa que
el general y discutiesen con él los planes de campaña.
Al parecer, tratábase de secundar el movimiento de las tropasrevolucionarias que
iban a atacar el palacio de la Reja. El generalreunió en la taberna hasta treinta
hombres mejor o peor armados, yechándoles una arenga, donde puso a los «césares y
dictadores» por lospies de los caballos, se dispuso a salir con su «valerosa legión»
aclavar «el puñal de Bruto en el corazón del tirano». Los chulos noentendieron bien,
pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a lacalle. El general dio orden al
tabernero de que nos hiciese conducir conlas debidas precauciones al colegio tan
pronto como cesase el fuego.
Al día siguiente supe que la revolución había triunfado. En el colegiose murmuró
como cosa cierta que D. León iba a ser nombrado Capitángeneral de Madrid; pero
aunque mucho leímos y releímos los periódicos enlos días siguientes, nunca pudimos
tropezar con el nombre del general.Llegó un instante en que creímos que había
perecido en el combate, sibien no comprendíamos cómo no se hablaba más de esta
desgracia. Al cabode algún tiempo supimos por fin que el nuevo gobierno había
reconocidoa D. León el grado de alférez y que pasaba a servir al cuerpo
deCarabineros. Crean ustedes que padecí un terrible desengaño, y hastaescribí a mi
profesor suplicándole que no aceptase; pero mis ruegosfueron desoídos. D. León
ganaba once duros más al mes... y tenía cincohijos.
EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE
Una mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo yestridente de una
campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con lavista al sacerdote portador de
la sagrada forma; pero no le vi. En sulugar tropezaron mis ojos con un anciano,
vestido de negro, que llevabacolgada al cuello una medalla de plata; a su lado
marchaba un hombre conuna campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la
mayoría delos transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando
seabría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba ala calle algo
envuelto en un papel; el hombre de la campanilla sebajaba a cogerlo, arrancaba el
 
 
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