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Aguas Fuertes

barricada. El director se había encerrado en su cuarto; elcapellán había desaparecido;
algunos aseguraban que estaba metido entrecolchones con un canguelo que no le
llegaba la camisa al cuerpo.Reinaba dulce indisciplina en el colegio.
En esto, a mí y a otros dos compañeros nos vino la idea de fugarnos ymarchar a
ponernos a las órdenes de D. León. Dicho y hecho; espiamos lasvueltas del inspector,
bajamos quedito las escaleras, abrimos la puertacon cuidado, y ¡pies para qué os
quiero! nos dimos a correr hacia laPuerta del Sol sin volver la cara atrás. Las calles
presentaban unaspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las
casasherméticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusilterciado;
los pocos transeúntes que veíamos cruzaban velozmente, conánimo, sin duda, de
guarecerse en su casa lo más pronto posible, y sólose detenían trémulos ante el
«¿quién vive?» del soldado. La Puerta delSol estaba ocupada militarmente; muchos
soldados, muchos cañones y almismo tiempo mucho silencio: la gresca andaba por
los barrios bajos.Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que
nohubiéramos conseguido si en vez de niños fuésemos hombres; mas nuestracorta
edad nos salvaba de toda detención y reconocimiento, pensando lossoldados que
andábamos buenamente en busca de la casa. Llegados a laplaza de Antón Martín
pisamos terreno revolucionario: veíase unamuchedumbre de paisanos trabajando con
afán en levantar una formidablebarricada; patrullas y grupos de hombres armados
entraban y salían en laplaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno
denosotros se acercó a preguntar a un obrero de luenga barba, que ibaarmado con
carabina de caza, por D. León. «D. León... D. León... ¿qué seyo quién diablos es D.
León?»—dijo sin detenerse;—y volviéndose a lospocos pasos, exclamó en tono
áspero: «¡Eh, chiquillos, metéos pronto encasa, no vaya a suceder una desgracia!» Los
tres alumnos del colegio delSalvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la
plaza delProgreso. Allí volvimos a preguntar por D. León: tampoco nos dieronnoticia,
pero un chulo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si queréis;¿no decís que debe de
estar en las barricadas de la calle de Toledo?Pues apretad el paso, que yo voy hacia
allá.» Al llegar a esta calletratamos igualmente de informarnos, y también fue en
vano; mas en laplaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos
armados decarabinas, que había delante de una taberna, nos replicó uno de
ellos:«¿Ese D. León que manda una barricada, es alto, de bigotesblancos?»—Sí,
señor.—«¡Toma—dijo volviéndose a sus compañeros—puessi es el general León!»
Quedamos maravillados y pedimos con afán serpresentados a él. El mismo
interlocutor nos condujo a otra taberna queallí cerca estaba, y entrando por ella
hallamos en la trastienda,rodeado de una docena de chulos y gañanes, a nuestro
profesor, con unkepis de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable
ybotas de montar; pero con la misma levita.
Recibiónos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosaextraordinaria y
propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningúnmodo consintió en darnos las
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