Not a member?     Existing members login below:

Aguas Fuertes

desaparecido.En el cuarto, a donde yo la seguí, gimió, pateó, se desesperó, se
llamóestúpida, dijo que se iba a marchar a una aldea a cuidar gallinas, etc.,etc. Me
costó mucho trabajo sosegarla, pero al fin lo conseguí, si bienquedó en un gran
abatimiento. En la tristeza que sus ojos revelaban,advertí que le atormentaba
horriblemente la desaparición de Inocencio.
La puerta del cuarto se abrió repentinamente; el poeta silbado sepresentó; estaba
pálido, pero tranquilo al parecer: a primera vistacomprendí, no obstante, que aquella
tranquilidad era ficticia y que lasonrisa que contraía sus labios tenía mucha semejanza
con la de losajusticiados que quieren morir serenos.
Un relámpago de alegría iluminó el semblante de Clotilde: alzosevelozmente y le
echó los brazos al cuello, diciéndole con voz conmovida:
—¡Te he perdido, mi pobre Inocencio, te he perdido!... ¡Qué generosoeres!... Pero
mira... yo te juro, por la memoria de mi padre, que te hede desquitar de la humillación
que acabas de sufrir...
—No hace falta que me desquites, querida—repuso el poeta con tonososegado,
donde se advertía la ira desdeñosa,—mi familia no haconquistado un nombre ilustre
por la intercesión de ningún cómico;renuncio desde ahora, de buen grado, al teatro y a
todo lo que con élse relaciona... Con que... hasta la vista.
Y separando nuevamente los brazos que le aprisionaban y
sonriendosarcásticamente, retrocedió algunos pasos y se fue. Clotilde le
miróestupefacta: después cayó desmayada en el diván.
Al verla en tal estado se me encendió la sangre y salí detrás del chico:alcancele
cerca de la escalera, y agarrándole por la muñeca le dije:
—Oiga V... Lo primero que un hombre debe ser, antes que poeta, escaballero... y V.
no lo es... El drama se ha silbado porque le falta lomismo que a V... el corazón... Aquí
tiene V. mi tarjeta.
—¿Y le mandó los padrinos, D. Jerónimo?—preguntó el estudiante deldoctorado.
—¡Silencio, silencio!—exclamó un tertulio—aquí llega Clotilde.
La simpática actriz apareció efectivamente en la puerta, y sus grandes ytristes ojos
negros que resaltaban bellamente debajo de la blanca pelucaa lo Luis XV, sonrieron
con dulzura a sus fieles amigos.
EL PROFESOR LEÓN
 
Remove