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Aguas Fuertes

Casa de fieras, que le digo, asíDios me salve, que no hay otra cosa que ver en
Madrid.»
El soldado español es, además de bizarro, sufrido, frugal, pundonoroso,etc., etc.,
chispeante en el pensamiento y ático en la frase. Nadie loha puesto en duda. Pues
bien; esta sal y este aticismo con que lanaturaleza dotó a nuestro ejército, y muy
singularmente al arma deinfantería, se aumenta en un cincuenta por ciento lo menos
cuando paseapor los jardines de la Casa de fieras. En aquellos amenos parajes,delante
de la jaula del león africano, o del tigre de Bengala, o deltití de las Indias, es donde el
regocijado ingenio de nuestros quintosderrama los tesoros de su gracia; allí donde se
escuchan las frasesespirituales, los dichos agudos; allí donde revientan los
epigramasacerados, los discretos razonamientos. Parado frente a la jaula delleopardo,
que duerme tranquilo en un rincón, el quinto suele decirle entono de zumba:—«¡Anda
tú, dormidor! ¿No te cansas de dormir, tuno?¿Estás a gusto, eh gran ladrón?»—Pasa
inmediatamente a la del león yvierte sobre él otra granizada de chistes.—«¡Miale,
miale, qué bocaabre el cochino! ¿Nos almorzarías de buena gana, verdad? Pues
amigo,pacencia y llamar a Cachano, que toos semos hijos de Dios. Manolo,arrepara
qué melenas; ¡paecen los pelos del tío Farruco!»
El recluta se hincha en tales ocasiones porque tiene público: en pos deél hay
siempre media docena de robustas criadas de la Alcarria que leescuchan embelesadas
y le siguen con afán. ¡Cómo se desternillan derisa! ¡Cómo paladean los chistes del
donoso soldado! Nadie penetra comoellas el sentido íntimo de sus frases, ni puede
apreciar tan bien ladelicadeza nerviosa de su humorismo. Entre el recluta y las criadas
seengendra inmediatamente una misteriosa corriente de simpatía, mediantela que el
fondo poético de sus corazones y todos los dulces pensamientosy vagas aspiraciones
de su espíritu se confunden. El recluta siente enel occipucio los ojos de las alcarreñas
que le excitan a mostrarse cadavez más agudo y espiritual, y éstas advierten con
inocente alegría queaquel derroche de gracia y de ingenio no es otra cosa que un
fervorosohomenaje de adoración que el gentil recluta les dedica. Allá, a la horadel
crepúsculo, cuando las nieblas descienden al fondo de los valles yel céfiro pliega sus
alas sobre las flores, Manolo suele pegar untremendo empujón a su amigo Grabiel
que le hace caer sobre el grupo decriadas, las cuales reciben el golpe como una
manifestación de respeto ygalantería. A partir del empujón, entre reclutas y criadas se
estableceuna amistad inalterable. Y la ferocidad que el ejército ha ganado por unlado
la pierde inmediatamente por otro, viniendo abajo de esta suerte laobra paternal de la
Administración.
Antes de dar por terminado este artículo, necesito delatar a laCorporación
municipal un abuso que redunda en menoscabo del país ydescrédito de la importante
institución en que me estoy ocupando. Pormuy sensible que me sea el decirlo, es lo
cierto que las fieras delMunicipio no cumplen debidamente con su cometido. ¿Para
qué han sidotraídos estos animales de los desiertos de África y Asia a costa de
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