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Aguas Fuertes

para descansar y después le daría unbeso y emprendería de nuevo su tarea: por la
noche saldrían cogidos delbrazo a dar una vuelta y a casa otra vez: nada de teatro; lo
aborrecíacon toda el alma: en la primavera irían a pasear por las mañanas alRetiro y
tomarían chocolate entre los árboles; en el verano a pasar unmes o dos a la provincia
de Inocencio a proveerse en el campo de buencolor y de salud para el invierno.
La descripción de este tierno idilio, que a mí, con ser machucho, mehacía bailar el
corazón dentro del pecho, no producía en el autor novelmás que una impertinente
soñolencia que sólo desaparecía repentinamentecuando dirigía con voz imperiosa
alguna advertencia a los cómicos.
Llegó, por fin, el día del estreno. Todos estábamos ansiosos por ver elresultado: la
opinión corriente era que el drama ofrecía poco departicular; pero como Clotilde
había puesto en el desempeño toda sualma, teníase como seguro un gran éxito. En el
ensayo general nuestraamiga había hecho verdaderos prodigios: hubo un instante en
que lospocos curiosos que asistíamos a él nos levantamos electrizados,convulsos,
gritando desaforadamente. No pueden ustedes figurarse qué amaravilla decía su parte.
Entonces me vino de golpe una idea a lacabeza: relacionando todas mis observaciones
sobre los amores deClotilde me convencí hasta la evidencia de que Inocencio al
enamorarlano se había propuesto otra cosa que adquirir una interpretaciónexcepcional
para el papel de la protagonista de su drama y asegurar eléxito lisonjero de esta suerte.
No quise comunicar mis sospechas anadie; callé y esperé; pero declaro que el chico
me fue desde entoncesmuy antipático.
El ruido que los amigos de Inocencio habían hecho con motivo del drama,el haberlo
elegido Clotilde para su beneficio y la voz esparcida de quela célebre actriz iba a
obtener en él un triunfo señaladísimo hizo quelos revendedores expendiesen todas las
localidades a precios fabulosos:conozco un marqués que dio once duros por dos
butacas. Este cuarto dondenos hallamos se llenó, como todos los años, de flores y
baratijas; no sepodía andar en medio de tanta chuchería de porcelana,
librospreciosamente encuadernados, estuches de ébano, marcos de retrato y unsin fin
de objetos de bazar.
La sala estaba brillante: las damas más encopetadas, los hombresilustres de la
política, la literatura y la banca; en fin, la highlife, como ahora se dice. Pero más
brillante y más radiante estaba aúnInocencio; radiante de gloria y felicidad, recibiendo
con agrado acuantas personas venían a ver los regalos, dictando órdenes a
lostraspuntes y tramoyistas para el conveniente decorado de la escena ymultiplicando
las sonrisas y los apretones de mano hasta lo infinito.Clotilde, igualmente, aparecía
más bella que nunca, revelando en surostro expresivo la dulce emoción que la
embargaba y el ansia de ganarlaureles para su dueño.
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