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Aguas Fuertes

Para D. Jerónimo siempre. Es el último que sale refunfuñando y elprimero que entra
en el cuarto. No acaba de transigir con esta púdicacostumbre: y aunque no se atreva a
expresarlo, allá en el fondo de supensamiento encuentra poco cortés que se le eche de
su asiento para queaquella mocosita se vista: ¡a él que hace treinta años pasa la
vidaentre bastidores y ha sido el íntimo de todas las actrices y actoresantiguos y
modernos!
Tiene cincuenta y cuatro años, y es empleado en el Ministerio deUltramar desde los
veinticinco. Todos los Gobiernos le han respetadocomo una rueda indispensable de la
maquinaria administrativa de lascolonias: soltero y mártir de las patronas. Allá en su
juventud secuenta que escribió un drama que le valió una silba y la entrada portoda la
vida en el escenario de los teatros. Resignado o no resignadocon el fallo del público,
dejó de escribir dramas y adoptó el noblepapel de protector de autores y artistas
desconocidos y de empresasarruinadas. El joven provinciano que llegase a Madrid
con un drama en elbolsillo, no podía emprender camino mejor para verlo representado
que elde la casa de D. Jerónimo. Todo lo acogía con los brazos abiertos, maloy bueno.
Sin embargo, como era asaz rudo en sus modales, no escatimaba alos autores noveles
que se confiaban en él y le leían sus producciones,las censuras fuertes y hasta los
insultos:—«Toda esa relación es purofárrago; eche V. tinta sobre ella.—Pero venga
V. acá, alma de Dios,¿cómo quiere usted que un hombre que está a punto de matar a
otro,suelte diez y siete décimas sin respirar!—¡Jesús qué disparate! ¡Amorplatónico a
una prostituta! ¡Usted se ha caído de un nido, joven!» Elque entendía un poco la aguja
de marear no se incomodaba, seguíaadelante y al terminar depositaba el manuscrito en
manos de D. Jerónimo.Y era bien seguro que el drama se ponía en escena. El veterano
de losbastidores ejercía mucho ascendiente con ribetes de miedo sobre empresasy
cómicos: cuando se incomodaba ¡tenía una lengua! Si el drama erasilbado, protestaba
lleno de ira contra el juicio del público y seguíaprotegiendo con más fuerza al autor.
Si lograba buen éxito, callaba ysonreía voluptuosamente, pero no volvía a acercarse al
poeta aplaudido.Cuando éste se quejaba de su desvío, respondía: «Usted ya ha
demostradoque tiene alas; vuele V., amigo mío, vuele V., que yo tengo que soltar
aotros pobrecitos».
Su vida privada ofrecía muy poco de particular. Todas las noches, alsalir del teatro,
se iba al café Habanero, donde cenaba constantementeun beefsteak con una chica de
cerveza. Y, según cierto amigo que lehabía observado repetidas veces, combinaba
siempre su refacción con talarte, que había de concluir al mismo tiempo con el último
bocado decarne, el último de pan y el último sorbo de cerveza.
Esta noche la tertulia se presenta muy animada. Los amigos de la actrizcharlan y
ríen más que de costumbre. Don Jerónimo, embozado en su capa(es privilegio),
arrellanado en el sillón de la esquina y con unempedernido cigarro en la boca (es
privilegio también), deja escaparfamosos chistes, que a veces obligan a los tertulios a
dirigir la vistahacia Clotilde y a colorearse levemente las mejillas de ésta.
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