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Aguas Fuertes

desvergüenza y el desarreglo de las costumbres, seconsideraran como graves y
repugnantes defectos, ni éste ni otrosdesdichados hubiesen llegado a tal extremo de
miseria. Nada hay tanfunesto como presentar al hombre un ideal que no esté de
acuerdo con lospreceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus
malaspropensiones.
Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarán endesaparecer.
El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales:es un hombre que debe
trabajar como los demás y sacar el mejor partidoposible de sus productos. Si no puede
vivir de la pluma, porque enEspaña no existan todavía medios de remunerarle
cumplidamente, debealternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa índole.
Sipuede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente comocualquier
otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismashoras de trabajo que a un
covachuelista, porque el del escritor es másintenso; pero se marcará las que sin
detrimento de la salud puedallenar. La teoría de la inspiración es falsa y ridícula: la
inspiraciónacude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de loscafés
ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, serompe y se escribe de
nuevo preparándose convenientemente con el estudioy la meditación; pero no se van a
buscar ideas a la ruleta.
Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo demanifestar.
El hombre más inspirado del siglo XIX, Víctor Hugo, elinmortal autor de las Hojas de
Otoño, trabaja diariamente un númerocrecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza
con él, trabajó más quenadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la
inspiraciónjugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que parahacer
lo que estos hombres, además de su ingenio soberano, se necesitaun gran vigor
corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino loque puede ejecutar
buenamente. En España tenemos dos ejemplosnotabilísimos: uno es el del primero de
los oradores contemporáneos, D.Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de
la salida a lapuesta del sol como el último obrero, haciendo sudar a todas las
prensasdel orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas políticas: es de laraza de
los atletas como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustrenovelista D. Benito Pérez
Galdós, embebido noche y día en un intensotrabajo literario, aprovechando todos los
momentos de la existencia parapreparar y escribir sus obras inmortales.
Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga denuestra
literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de losintrigantes políticos y de
los especuladores avaros. El literatonecesita independencia, un relativo bienestar y
sosiego para entregarsea su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada
meaflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la república delas letras,
arrastrarse a los pies de cualquier político estólido endemanda de un destino o una
pensión: me parece que aún subsiste aqueldoloroso estado del tiempo de Cervantes,
en que los literatos eran losdomésticos de los magnates; aún peor hoy, pues que tienen
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