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Aguas Fuertes

de la política y de otras mil causasenumeradas a la continua en libros y en periódicos.
Aquí está la partede culpa de la nación, que realmente no es menuda.
Mas también los artistas y literatos ayudan con su conducta al estadomiserable en
que se hallan. En España se ha entendido hasta ahora que elpoeta o el artista es un ser
mitad humano mitad angélico a quien nosientan bien los deberes y hábitos exigidos a
los demás hombres. Todohombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el
literato no. Todohombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para
mañana;pues el literato está exento de tal carga. Pasar la vida holgando ytomar la
pluma en los momentos de inspiración (que no suelen venirprecisamente cuando se
está ayuno); vender los productos del ingenio alprimer editor usurero con quien se
tropieza; gastarse el dineroalegremente en un día y pasar el resto del mes viviendo del
crédito, sies que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor partede
nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspiradosde los que no lo
son.
Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres máseminentes,
calcúlese cuál sería la de los adocenados, los que nopudiendo elevarse hasta ellos por
la belleza de las obras imitan su vidaexterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces
lo consiguen) pormedio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una época en
que labohemia invadió toda la literatura. Para ser literato era preciso nosólo ser un
perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a lapatrona (este era el artículo
primero del código bohemio), dormiralgunas veces al aire libre, rodar noche y día por
los cafés, pedirdinero a todo el mundo con resolución de no devolverlo, ponerse
lascamisas y las botas de los amigos, dar mico al sastre, jugar,emborracharse, etc.,
etc. Los que tenían gracia solían emplearla enestas cosas y se hacían célebres.
Todavía se cuentan con entusiasmo laspasadas que a sus patronas, sastres y zapateros
han jugado algunosescritores de menor cuantía, y hay quien les admira por ellas más
quepor sus obras: quizá tengan razón, porque estos literatos tan chistosospara no
pagar, no solían serlo tanto para escribir.
De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte delos
escritores que han parecido de treinta o cuarenta años a esta parte,algunos, muy pocos
por supuesto, han conseguido inmortalizarse con susescritos; otros abandonando la
literatura se han hecho personas formalesy han entrado en la política o los negocios:
éstos son los que mejor hanlibrado; pero uno que otro, o más viciosos o más soberbios
o menos aptoshan persistido con extraña tenacidad en su vida aventurera y en
suscostumbres abyectas que los han conducido rápidamente a un abismo
dedegradación. El representante genuino de estos últimos, el másempedernido, el que
gozaba de más notoriedad era Pelayo del Castillo,fallecido recientemente en el
hospital. Este desgraciado fue víctima desu indolencia y de sus vicios, pero en parte
también de las ideasdominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe
elliterato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios,el desaseo, la
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