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Aguas Fuertes

—No señor—repuso rechazándolas con la mano y el gesto—yo no puedoaceptar
eso..... yo no les conozco a ustedes.
—Somos dos aficionados a las letras; tome V.
Con algún trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entoncesla cabeza
que tenía doblada sobre el pecho, nos preguntó.
—¿A quién debo dar las gracias?...
—Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura:quede V.
con Dios.
Y nos alejamos apresuradamente mientras él repetía esforzando la voz.
—Gracias, caballeros... yo quisiera saber...
A los pocos pasos volví la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle deaquella
suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabezadesnuda al sol, me sentí
conmovido. ¡Será posible que ese desdichado seaun literato; que haya escuchado los
aplausos del público y alternado conlos hombres más distinguidos de España! Y en
aquel instante se meocurrió escribir algo acerca del estado en que se hallan los
literatos yartistas en nuestra nación. Celebro no haberlo hecho, porque desdeentonces
hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en esteasunto.
Impresionado por el espectáculo que acababa de presenciar, no pude menosde
dirigir in mente amargas recriminaciones a la patria que dejaperecer de hambre a todo
el que se dedica al cultivo de las letras y lasartes y ensalza y pone sobre su cabeza a
cualquier necio que se engolfaen la política sin más equipaje que su desvergüenza.
Algo, y aun muchode esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un
problemaes necesario examinarlo en todos sus aspectos.
Primeramente, la nuestra, es una nación de diez y seis millones dehabitantes: por lo
mismo, es absurdo pretender que el literato que vivedel público, sea aquí remunerado
como en Francia o Inglaterra, donde lapoblación es más del doble. A más de ser el
número de lectores menor enabsoluto, lo es también relativamente: si en Francia leen
diez por cadaciento, en España no lee siquiera uno, entre otras razones, porque
nosaben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por cientoeche sobre sus
hombros la carga de alimentar a todos los que con razón osin ella nos dedicamos a
escribir para el público. Harto hace, a mientender, con ayudarnos a vivir
modestamente: no le pidamos hoteles,coches y alfombras como en Francia o
Inglaterra porque no puededárnoslos.
Claro es que el número insignificante de lectores depende del atraso delpaís, del
detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regirá,de la influencia venenosa
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