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Gatsby
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cultivar con predilección. Así que,cuando habla de alguna composición poética, nunca
se mete a averiguar sies elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no
tieneinspiración: lo único que aprecia en ella es si está o no está bientrabajada. No
puede ver a un buen ebanista dando los últimos toques auna cómoda sin exclamar
para sus adentros: ¡Qué lástima de poeta!
Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano FernándezGuerra o a
Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que esono importa, y les lee unos
cuantos sáficos adónicos y algunasespinelitas: los académicos se dignan decirle que es
muy «donoso ymaleante», y que sus composiciones están llenas de «sentencias
briosas ysales irónicas». Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, daalgunas
lecturas en la Juventud Católica y publica varios fragmentos enLa defensa de la
Sociedad, hasta que, por consejo de sus amigosacadémicos, deja repentinamente de
zumbar. Escribiendo y publicando nose va a ninguna parte. Para que un literato
alcance respetabilidad yobtenga la admiración de la gente, es condición ineludible que
noescriba poco ni mucho.
Entonces el mosquito clásico se dedica a despellejar a Echegaray, aCastelar, a Pérez
Galdós, y en general a los escritores que son leídos yaplaudidos. Al mismo tiempo se
deshace en elogios de todo lo ñoño, pobrey ridículo que se publica o se representa,
con lo cual satisface susinstintos y a la vez regocija a los astros literarios que le
iluminan ensu carrera.
Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por esoes el único
que tiene buen paradero. Sus compañeros arrastran una vidamiserable y triste; o
vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyenpor los ministerios de auxiliares y
escribientes, o entran de factoresen alguna compañía de ferrocarriles, o mueren en el
hospital. Pero elmosquito clásico ¡ni por pienso! Ahí están sus protectores, que le
hacenarchivero-bibliotecario, o le dan una comisión lucrativa en paísextranjero, o le
ayudan a salir diputado y a ser director general yministro. Después de algunos años de
mantenerse firme en no escribir, defrecuentar los salones aristocráticos y de
despellejar sin piedad acualquier escritor que muestre talento y fantasía poco
comunes, elmosquito clásico como recompensa de su brillante campaña, es
conducidoen triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores
deseo.Amén.
EL ÚLTIMO BOHEMIO
 
 

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