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Aguas Fuertes

buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenosvinos, los
paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Sumaestro es Campoamor, a quien
imita no tan sólo en el pensamiento sinoen la frase, expresando las ideas elevadas y
abstrusas en forma llana ycorriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a
lospormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lopequeño e
insignificante.
«Yo
no
voy
a
la
escuela
aunque me pegue mi señora abuela.»
¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué amable sencillez se advierte enesta y en otras
frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbrede poemas no bastante
apreciados del público!
Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poéticas ymetafísicas, en un
misterioso simbolismo atestado de laberintos. Sumodelo entonces es el Fausto de
Goethe, o el Manfredo de Byron. Pasaunos cuantos años escribiendo un grandioso
poema, del cual lee solamentede vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos
fragmentos que dejan ensuspensión y espanto el ánimo de algunos amigos. En este
poema todos losseres animados o inanimados del universo expresan su opinión acerca
delmisterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone elautor que resulte
la clave de todo. Las diversas opiniones se expresanen el poema del mosquito filósofo
por medio de voces que vansucesivamente gritando por las páginas del libro. Cuanto
existe y cuantoha existido tiene voz y voto en el poema: la voz de la esclavitud, lavoz
de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la vozde la iglesia, la voz
de la administración, la voz de los colegioselectorales, la voz de los tribunales
colegiados, la voz de losedificios del Estado, etc., etc. Pero las cosas mejores las
dicesiempre una voz anónima, que debe de ser la del autor. De todo elloresulta que la
vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntadperversa, y que para vencer
a esta voluntad no hay otro medio que elsuicidio, el suicidio de la humanidad entera.
A pesar de estas lúgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo quemina su
preciosa existencia, el mosquito filósofo gusta extremadamentede que El Imparcial y
El Globo digan en su hoja literaria que zumbacon corrección y elegancia.
Viene después la familia de los legendarios, que estaba a punto dedesaparecer de la
fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos dela naturaleza poderosamente
secundada por la sección de literatura delAteneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida
en estos últimos años.
Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. Laúnica época
histórica que les seduce es la comprendida entre lairrupción de los bárbaros y el
Renacimiento. Dentro de esta época lainstitución que despierta en su juvenil fantasía
mayor copia de romancesoctosílabos y endecasílabos, es el feudalismo. El mosquito
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