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Aguas Fuertes

En los buenos tiempos de la Castellana observábase un fenómeno queatestigua bien
claramente de la exquisita delicadeza de sentimientos quesuele existir en nuestra
sociedad distinguida. Como no había gentebastante para llenar los dos caminos que
ciñen la carretera, acaecía queel paseo se fijaba en uno de ellos. Pues bien, las jóvenes
distinguidasno pudiendo soportar, como es natural, el contacto de otras jóvenesmenos
distinguidas, empezaban a desertar del paseo acostumbrado yéndosepor pelotones al
otro camino. Desde allí, irguiendo la noble cabeza,miraban, al través de la red de
carruajes, desfilar a sus enemigasnaturales por el paseo de enfrente. Que en esta
mirada se advertía unsoberano desdén no hay para qué decirlo, y que este desdén se
hallabaperfectamente justificado, tampoco creo necesario demostrarlo. ¿Cómo hade
sufrir con paciencia, verbigracia, la hija de un auxiliar de la clasede primeros, que la
de uno de la clase de cuartos pasee y disfrute de lavista del mundo en el mismo paraje
que ella? Claro está que todos somoshermanos, pero no hay más remedio que atender
un poco a los escalafonesque de vez en cuando publica el ministerio de la
Gobernación, pues paraalgo se publican. Además, este deseo de separarse de la
muchedumbre ydel vulgo, señala en quien lo siente un espíritu fino y superior
ytemperamento aristocrático.
Sucedía, no obstante, que este temperamento o abundaba en demasía o
sefalsificaba, como todas las cosas buenas, pues es lo cierto que unastras otras, con
más o menos disimulo, todas las niñas del caminodespreciado se iban pasando al
camino despreciador, quedando aquél alcabo de algún tiempo totalmente desierto.
Entonces las jóvenes delverdadero y genuino temperamento aristocrático se
comunicaban, no sé enqué forma, sus impresiones dolorosas, y una tarde, cuando
menos sepensaba, enderezaban el paso, arrastradas por altos sentimientos, alcamino
abandonado, donde permanecían hasta que de nuevo se veíanmolestadas y tornaban a
ejecutar graciosamente la idéntica maniobra.Cuando la Castellana vuelva a ser lo que
antes, el paseo más concurridode Madrid, confiamos en que se repetirá este fenómeno
consolador hijo deuna noble altivez, sin la cual no es posible el refinamiento de
lascostumbres ni el progreso de los pueblos.
Aunque solitario, o porque lo esté quizá, el paseo no deja de ofreceratractivos,
sobre todo para los melancólicos. No es frondoso y quebradocomo el Retiro, ni
presenta variación de ninguna clase; es una línearecta que se prolonga
indefinidamente con cierta severidad clásica ymunicipal convidando a los graves y
tranquilos sentimientos. La línearecta tiene también sus encantos, por más que yo
prefiera la curva, comoya he tenido el honor de decir en tres distintas ocasiones. De
noche,las dos hileras de faroles colocadas a entrambos lados de la carretera,ofrecen
una perspectiva muy bella: son dos cintas paralelas y luminosasque van a perderse en
un fondo oscuro, donde una imaginación viva puedeforjar, selvas dilatadas, abismos
inmensurables o un desierto poblado demonstruos. No sé hasta qué punto la comisión
de alumbrado público hahecho bien en buscar este nuevo aliciente para excitar la
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