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Aguas Fuertes

en su landau hacia el Retiro, podrán volverdesdeñosamente la cabeza y no verlos; los
jóvenes, que apetecen lagloria inmarcesible de vivir y morir perteneciendo al Veloz,
pasaránvelozmente con la cabeza erguida, el sombrero ladeado y el bastón aguisa de
lanza, dando miradas amorosas a todos los carruajes y ansiandodescubrir su cabeza
venerable ante alguna duquesa ajamonada, sin fijarla atención en ellos; pero no es
menos cierto que allí están para honray gloria de Dios y regocijo de los villanos y
pecheros que en taleslugares paseamos.
La palabra cursi, que la magnanimidad nunca bastante loada de losseñores de la
calle de Valverde ha introducido en nuestro diccionario,se emplea como proyectil
mortífero contra aquellos rostros celestiales.Todo sietemesino bien criado tiene en su
carcaj una buena cantidad detales flechas para arrojar a la primer belleza anónima que
se presenteen su camino. Si habéis gozado la honra de acompañar alguna vez en
susexpediciones gloriosas por la carrera de San Jerónimo a uno de estosjóvenes y
habéis incurrido en la flaqueza de alabar la hermosura dealguna niña modesta, de
seguro le habréis visto fruncir el nobleentrecejo, alargar el labio inferior en testimonio
de desdén y dejarcaer estas o semejantes palabras:
—¡Pero, hombre, que siempre te has de fijar en estas cursilillas demedia tostada!
Efectivamente, tengo esa desgracia. Lo mismo me pasa con las flores: larosa y el
clavel, las más cursilonas de la jardinería, son las que másme gustan. Pero no soy el
único. Antes que yo el doctor Fausto fuedecidido partidario de las cursis y por ellas
vendió su alma al diablo.Los abonados al paraíso del Teatro Real saben muy bien que
cuandoGayarre en el primer acto brama con voz atiplada la giovinezza, escon el
objeto exclusivo de ir a decir ternezas a Margarita en eltercero. ¿Y quién era
Margarita? Una muchacha que hilaba, barría, lavabala ropa de sus hermanos y
paseaba los domingos por Recoletos. Pues esoes precisamente lo que le seduce a
Gayarre, y bien se le conoce cuandose queda tan abrazadito con ella al tiempo de caer
el telón y sueltaaquellas feroces carcajadas el artista mallorquín señor Uetam.
En general, bien se puede decir que Goethe no ha amado ni pintado másque cursis.
Margarita, Federica Brion, Carlota, Lilí, Olimpia, eranmujeres muy bonitas, pero
absolutamente incapaces de molestar con sucharla desde las plateas del teatro Real a
los abonados de las butacas,los cuales, si no oyen la ópera en paz, en cambio tienen el
honor de sermolestados por alguna dama ilustre, descendiente de los guerreros de
lareconquista.
Tengo la seguridad, pues, de que Goethe se hubiera paseado los domingospor
Recoletos. Esto le habría enajenado las simpatías de los salones (sies que los salones
pueden tener simpatías) y le colocaría en el conceptode los nobles sietemesinos (si es
que los sietemesinos pueden tenerconcepto) muy por bajo del señor Grilo. Yo creo
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