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Aguas Fuertes

Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa,aunque
tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre losedificios de la Puerta del
Sol, desahogándose un poco de su peso;cruzaban con harta prisa para no presumir que
pronto vendría un claroque permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que
pasaban vacíoseran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los
portales,quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.
Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul: poraquel agujerito
pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de solempapado todavía en agua, que
fue a chocar en los cristales de losbalcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato
se divisó otro,algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una
extensaraya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezóa
funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas deriego cuando
llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en elcielo y en el Municipio
de los que puede soñar la filosofía.
El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caíacomo un
espléndido penacho sobre la calle: el empleado municipal losacudía sin curarse de su
belleza, haciéndole servir a los finesprosaicos de la policía urbana; mas el chorro salía
altivo y alegre dela manga y se esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata
unasveces, otras en lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor queproducía al azotar
el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un perro deTerranova (me coloco el primero
para no dar armas a los frenópatas delAteneo), fuimos los únicos que supimos
apreciar su hermosura. El perro,más exaltado o con menos miedo al ridículo, se lanzó
a la calleexpresando su entusiasmo por medio de ladridos y saltos prodigiosos,ahora
parándose bajo el chorro y dejándose bañar, ahora brincando sobreél, ahora dando un
millón de volteretas y haciendo cómicas contorsiones,sin cesar nunca de exhalar el
frenesí de su entusiasmo en ladridos máso menos correctos e inspirados, que de esto
no entiendo. Me parece, noobstante, que había más sinceridad en ellos que en el
soneto del Sr.Grilo a las cataratas del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha
menosfantasía.
La lluvia no cesaba. Con todo, se fue debilitando de tal modo, que nipara la salud ni
para el sombrero había gran peligro en salir y llegarhasta Fornos. Así quise realizarlo,
y desde luego me fui pegadito a losedificios, observando cómo rápidamente el cielo
se despejaba y la lluviase enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales.
Al llegaral del ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en micamino, y
una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aúnllovía. Era una mano fina,
correcta, aristocrática, con graciosas yleves rayas azules; además, aún no estaba ajada,
a juzgar por su colorsonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en
susmovimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillobrazalete de
oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien,¿qué hubieran hecho ustedes
si se les colocase delante del rostro, a dosdedos de la boca, una mano semejante?
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