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Aguas Fuertes

Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes ensilencio y
asegurando sus pasos con cautela, fue penetrando en micorazón el temor del
reumatismo. En el espacio que media entre la calledel Arenal y la del Carmen, casi se
enseñoreó de él por completo.Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en
lasarticulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieronante mi vista, y
con la visión intensa y terrible del alucinado, me vimetido en unos calzoncillos de
bayeta amarilla.
Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un simón vacío.Los pocos
que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales.¡Ah, los portales! Los
portales me parecían un recurso de mala ley,indigno de ser tomado en consideración
por el momento. Para estar metidoen un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse
quedado en casa.Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de
profesión,aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va
aexponerse a que le roben el reloj o le secuestren!
Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzarpor delante de
la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que lasideas del hombre se van
modificando insensiblemente al través de laexistencia; las convicciones más
profundas se desarraigan de nuestroespíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe
deja paso a la nueva,y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante
nuestraperegrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en elcorazón, alta la
frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemospartido muchos para recorrer los
campos de la política; a los pocospasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o
la utilidad hansolicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana seha
disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Estaes la vida. Una
verdad innegable he sacado, no obstante, de suexperiencia, y es, que cuando llueve,
todo el mundo se cobija.
Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal,aunque con
circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Lasparedes estaban cubiertas
de retratos: señoras bonitas, haciendoresaltar sus gracias con actitudes lánguidas,
dirigiendo una sonrisainsinuante a todos los timadores y fosforeros que se paraban
acontemplarlas; varones con los ojos estáticos, en muda y eternaadmiración de algo
que nadie sabe. Algunos caballeros estabandisfrazados: había uno vestido de fraile
haciendo oración entre lasmalezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me
dijeron queera un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo
pordesengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de suvestimenta
eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Habíaotro con traje de doctor, con
las cejas fruncidas y la frente arrugadacomo si tuviese agobiados los sesos bajo la
pesadumbre de tantajurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la
mesa,quizás para el caso de que se inutilizase el primero.
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