Not a member?     Existing members login below:

Aguas Fuertes

por delante de mí, bienguarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no le llevaba,
vino abuscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de
horribleincertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los cálculosque un
hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones. De unlado, del lado de la
calle, la consiguiente mojadura; del lado de laescalera, la fatiga consiguiente. Por otra
parte, los amigos estarían yareunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí!
Además, elcafé, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada
enestas cosas, debe tomarse inmediatamente (cuidado con ello)inmediatamente
después de las comidas. Al fin adopté una resoluciónviolentísima. Me remangué los
pantalones y salí a la calle.
¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas lasleyendas de
la Edad-Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitoslíricos de su misma
familia, han dejado caer desde la tribuna delAteneo, ¿flaquearía ahora ante unas
miserables gotas de agua? No en misdías: si la faz no ha empalidecido, si el corazón
no ha temblado anteningún poeta legendario, por cruel que se haya mostrado,
lasalteraciones atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.
En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calledel Arenal. Sin
embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fui todoel tiempo pegado a las casas,
con lo cual evité que me cayese unatercera parte de agua de la que por clasificación
me correspondía. Antesde llegar a la puerta del Sol eché una mirada al cielo,
miradaescrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta miradadio por
resultado además el que tropezase con un guardia municipal, queme preguntó con
severidad dónde tenía los ojos; yo, lleno de respeto ysumisión hacia el poder
ejecutivo, le contesté, procurando ablandar sucorazón con una sonrisa:—Donde usted
guste.—La verdad es que estuvedemasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia
no llevaba la acera,¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!...
Mecontenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre sucapote de
hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquelinstante.
Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,para
satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,gradualmente iba
aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muypoca gente; algunos
carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios depaño pardo; algunas mujeres
remangando con la coquetería que permitíanlas circunstancias, sus blancas enaguas, y
dejando ver esbozos de piesfantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel
momento yome preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como
era,después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta lasnarices; los
canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procurabasalvar apelando a mis
recuerdos gimnásticos.
Remove