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Aguas Fuertes

sin cuento: regalos, vivos deleites,instantes de dicha, con todo. Tal es el lote de la
pasión criminal.María había olvidado enteramente el episodio del agujero en el
bastidor;Antoñico soñaba todavía algunas veces con aquel ojo fantástico,escrutador, y
despertaba despavorido; poco a poco se fue convenciendo deque había sido una
ilusión del miedo y el miedo abrió paso a laconfianza.
Una noche el tramoyista le habló de esta manera:
—Oye, Antoñico; ¿sabes que el tercer telón, el de las columnas, debíacolocarse más
atrás...?
—¿Pues?
—No hay perspectiva.
—Sí la hay..., y además tropezaría casi con el lago.
—El lago también puede correrse un poco.
—No hay sitio.
—Tenemos todavía metro y medio.
—¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo has medido?
—Sí, lo he medido: ¿tienes tú ahí el metro...? Pues ven a verlo y teconvencerás.
El tramoyista emprendió la marcha y Antoñico le siguió. Subieron por laestrecha y
frágil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuandoestaban a la mitad de la altura,
el tramoyista volvió la cabeza, y susojos se encontraron con los del traspunte. ¿Qué
había de particular enaquella mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de Antoñico?
¿Por qué sele doblan las piernas?
Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada sedetiene y se
agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama:
—¡Diablo de escalera...! La subo setenta veces al día y no acabo
deacostumbrarme... Me moriré del pecho, Antoñico, me moriré del pecho.
El traspunte se siente fortalecido y sigue su camino.
IV
Aquella noche se representaba un drama histórico, acaecido en tiempo delos godos.
El primer galán era un mancebo muy simpático, rebosando deentusiasmo y de
décimas calderonianas. La primera dama gastaba unatúnica muy larga y comenzaba a
llorar desde que subían el telón. Elbarba hacía de rey y debía morir al fin del acto
 
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