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Aguas Fuertes

espantar la caza, algunas palabritasmelosas y furtivas, varios conceptillos aduladores
envueltos ensuspiros, y cuando todo estaba convenientemente preparado ¡zas! el
saltoque todos conocen:—«María, yo me muero por V... perdóneme V.
elatrevimiento... yo no puedo tener escondido por más tiempo lo quesiento, etc., etc.»
La vivaracha tramoyista quedó, como era de esperar, entre las uñas deltraspunte. Y
comenzó para ambos el período de los placeres amargos, lafelicidad con sobresalto:
aparentando no mirarse, no se quitaban ojo;fingiendo que apenas se conocían, estaban
siempre juntos: ¡el marido eratan sombrío, tan suspicaz! Necesitaban llevar a cabo
prodigios deestrategia para no ser advertidos: a veces pasaban cuatro o cinco
nochessin poder decirse siquiera una palabra. Puesta en tortura laimaginación,
Antoñico ideaba las citas más estupendas y extravagantes;unas veces en el sótano,
otras en el cuarto de un actor que estaba enescena; pero todas breves y agitadas,
porque el tramoyista era pegajosocomo recién casado, y Antoñico no tomaba el
aspecto de tigre sino conlas damas.
Una noche en que el traspunte se sentía, por el ayuno forzoso de muchosdías, más
enamorado que otras veces, dijo algunas palabras rápidamenteal oído de María y se
perdió entre los bastidores. Ésta le siguió.Encontráronse en un rincón sombrío cerca
del telón de boca; y eltraspunte, que conocía el terreno a palmos, cogió de la mano a
suquerida, separó con la otra un bastidor y penetraron ambos en un
recintoestrechísimo formado por telones y bastidores: Antoñico trajo hacia siel que
había separado, y quedaron perfectamente cerrados. Los amantespudieron gozar
breves instantes del seguro que la experiencia yhabilidad del traspunte habían
buscado. En aquel extraño retiro nadiepodía dar con ellos. ¿Nadie? Antoñico vio de
improviso, en medio de suembriaguez, que por un agujerito abierto en el telón, un ojo
lesobservaba; y su corazón de tigre dio un salto prodigioso dentro delpecho:—
«María—dijo con voz temblorosa, imperceptible—estamosperdidos... nos están
viendo... ¡silencio!... ¿quieres salir túprimero?» La animosa tramoyista corrió
bruscamente el bastidor y searrojó fuera: no había nadie. Antoñico salió detrás con el
semblantepintado de interesante palidez. Su primer cuidado fue buscar por todaspartes
al tramoyista: encontráronlo sumamente preocupado porque lachimenea de mármol
que debía aparecer en el acto tercero había sidorota al trasladarla; tanto que no reparó
en su mujer al acercarse.
—¿Lo ves, hombre—dijo María a Antoñico—como eres un gallina? A tí elmiedo te
hace ver visiones.
III
Transcurrieron bastantes días. Las adúlteras relaciones de nuestroshéroes seguían la
misma marcha dulce y borrascosa a la par: sobresaltos,temores, ansias, vacilaciones
 
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