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Aguas Fuertes

la porquería no sonenemigas declaradas: antes al contrario, parece que aquélla vive
dichosaen los brazos de ésta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. Lasagrada
Teología, muy especialmente, siempre ha tenido marcadapredilección por la suciedad.
En otro tiempo se medía la profundidad deun teólogo por la cantidad de grasa que
llevaba adherida a la sotana.También la literatura manifestó siempre tendencias
bastante pronunciadasen este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las
provincias, quenuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quiense
le saltan las lágrimas de entusiasmo contando alguna granasquerosidad de Carlos
Rubio, o la manera de vivir de MarcosZapata,—por más que respecto a este último,
como amigo suyo que soy,puedo declarar que hay exageración. Fundándose, a no
dudarlo, en talesrazones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la
bibliotecanacional una conveniente y adecuada porquería, de cuya conservaciónestán
encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.
Nuestro sabio en agraz, que aún no ha llegado a las altas regiones de laciencia, y
que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que leprestarían en la investigación
de la verdad aquellas manchas grises dela silla que mira con sobresalto, saca el
pañuelo del bolsillo y locoloca bonitamente sobre ella, sentándose después lleno de
confianza.
¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca elsombrero
sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprimemortalmente los sabañones; ya
tose y se arranca la flema de la garganta;ya trae el libro hacia sí, ya mira con
curiosidad el sello de laAcademia estampado en la primera página; ya empieza a leer.
«En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hamucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rocínflaco.....»
Tilín, tilín.
—¿Qué es eso?—pregunta con sorpresa al compañero que tiene al lado.
—Nada, que tocan a cerrar—contesta el otro levantándose.
El sabio entonces se levanta también; le sigue; devuelve el Quijote alempleado de
quien lo recibiera; y se va a su casa.
EL DRAMA DE LAS BAMBALINAS
 
 
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