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Aguas Fuertes

bastante listo, comprende enseguida que con aquellas palabras se quiere decir que no
hay semejantelibro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo
hansido y han ido a leer a la biblioteca de la nación. Ningún libroreciente consta. ¿Y
por qué había de constar? ¿No perdería mucho de suprestigio esta biblioteca,
admitiendo sin dificultad cualquier libro deayer mañana? La biblioteca nacional no
puede proceder como la de unparticular; para que un libro tenga la honra de entrar en
sus saloneses necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conocenada
mejor para garantir la ciencia que una serie de años, cuantos másmejor. Un libro
nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bienentre aquellas dignas y graves
óperas, preñadas hasta reventar de latíny de ciencia.
Nuestro sabio torna a la portería meditando todo esto, y escribe sobreotra papeleta
el título de un libro sobre filosofía, del siglo trece. Lapapeleta vuelve a pasar por las
manos de los señores de los extremos;pero esta vez, sin que el sabio adivine la razón,
se miran consternadoslos unos a los otros. Por último uno de ellos le dice en tono
humilde:
—Caballero, el libro que V. pide está en uno de los últimos estantes yes un poco
expuesto subir a buscarle... ¡Si a V. le fuese indiferentepedir otro!...
¡Pues no había de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos.Nada,
nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querría nuestro sabioexponer la preciosa
vida de ningún empleado del Gobierno. Así que, pianpianito vuelve sobre sus pasos
hasta la portería, atormentando laimaginación para buscar una obra que fácilmente le
pudiesenproporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedirel
Quijote.
—¿Qué edición quiere V.?
—La que V. guste.
—¡Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino laedición que nos
piden.
—Bien, pues la de la Academia.
—Tenga V. entonces la bondad de consignarlo así en la papeleta.
Vuelta a la portería. Al fin, después de una brega tan larga ydeslucida, tiene la dicha
de recibir el Quijote de manos del empleado.El sabio deja escapar un suspiro de
consuelo: estaba sudando. Trata desentarse a una de las mesas que hay esparcidas por
la sala, sobre lascuales, para que nada llame y distraiga la atención, no suele haber
nipupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada más que la madera lisa yreluciente,
invitando al estudio y a la patinación. Al tomar una de lassillas, observa con dolor que
está cubierta de polvo y quizá de algomás. ¿Qué tiene esto de particular? La ciencia y
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