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Aguas Fuertes

—¿Tiene V. prisa, verdad, caballero?—responde el dependiente concierta sonrisilla
irrespetuosa.
El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obrafamosa, aunque
reciente, y entra en el salón principal de la biblioteca.En cada extremo de él hay un
grupo de señores convenientemente separadosde los que leen arrimados a las mesas.
El sabio de mañana vacila entredirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la
izquierda; decídese alfin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo
lógicamente. Unode los señores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de
leerlale examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase desonsacarle,
mediante su aspecto, qué intención perversa le había movidoal venir hasta allí en
demanda de un libro. Después que se entera delque pide, crecen evidentemente sus
sospechas porque le acribilla amiradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto
sabio baja la vistaavergonzado, juzgándose un matutero de la ciencia. El empleado,
sindejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le miratambién con
cuidado y la pasa a otro, y así sucesivamente pasa por todaslas manos del grupo hasta
que llega nuevamente a las del primero, elcual se la devuelve diciendo:
—Vaya V. allí enfrente.
Y nuestro sabio atraviesa el salón y se dirige al grupo contrario, dondesufre el
mismo examen por parte de la inspección facultativa delgobierno, y se repite con
ninguna variante la escena anterior. Aldevolverle la papeleta le dicen también:
—Vaya V. allí enfrente.
—Ya he estado.
—Entonces vaya V. al Índice... la primera puerta a la derecha.
En el Índice, un señor empleado lee con toda calma la papeleta, y sindecirle palabra
desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio esperauna buena media hora tocando el
tambor sobre las rejas de la valla conlas yemas de los dedos. De vez en cuando
levanta la vista a los estantesdonde en correcta formación se halla una muchedumbre
de libros feos,rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de
aquelloslibros se acuerda ya de cuándo fue sacado para ser leído. De ahí
surespetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las
másrespetables; los senadores, los capitanes generales, los académicos, loscanónigos.
Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muygordas la palabra Ópera.
No se ve en torno más que óperas; óperasarriba, óperas abajo, óperas delante, óperas
detrás. En esto llega elseñor empleado del Índice, silencioso siempre como un pez, y
en lugardel libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado decrisálida no
sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedosal papel hasta que percibe
dos palabritas de distinta letra debajo de supetición: no consta. El sabio, que es
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