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Aguas Fuertes

éltambién... Todos los días por la tarde iba a esperarme a la salida delcolegio; se
estaba paseando por delante hasta que yo salía y después meseguía hasta casa...
Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza ycuriosidad,
aguardó un rato a que continuase, y viendo que no lo hacía,le preguntó:
—Pero, ¿por qué me decías que después de contármelo no iba a darte másbesos y
todas aquellas cosas?... Al contrario, ahora te quiero más...mira como te quiero.
Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.
—Espera, espera... no me beses... ¿De qué murió tu hermano? ¿No dijeronlos
médicos que había muerto de una mojadura que había cogido?
—Sí.
—Pues esa mojadura, Lola... la cogió por causa mía... Sí, la cogió porcausa mía...
Una tarde en que estaba lloviendo a cántaros, fue aesperarme al colegio... Le vi por
los cristales metido en un portal...en el portal de enfrente... no traía paraguas. Cuando
salimos yo me tapéperfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro
paraella... Pepito nos siguió al descubierto... llovía atrozmente... y yo envez de
ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé irmojándose hasta casa...
Pero no fue por gusto mío, Lola... por Dios, nolo creas... fue que me daba vergüenza...
Al decir estas palabras, le embargó la emoción, se le anudó la voz en lagarganta y
rompió a sollozar fuertemente. Lolita se la quedó mirando unbuen rato, con ojos
coléricos, el semblante pálido y las cejasfruncidas; por último se levantó
repentinamente y fue a reunirse con susamigas que estaban algo apartadas formando
un grupo. La vi agitar losbrazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con
vehemencia,y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que
poreso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada,con la
cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.
En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberación. Las amigas seesforzaban en
convencerla para que otorgase su perdón a la culpable.Lolita se negaba a ello con una
mímica (lo único que yo percibía) altivay violenta. Luisa no cesaba de ir y venir
consolando a su triste amigay procurando calmar a la otra.
El sol se había retirado ya del paseo, aunque anduviese todavía por lasramas de los
árboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apoloque corona la fuente del
centro, recibía su postrera caricia; loslejanos palacios del paseo de Recoletos
resplandecían en aquel instantecomo si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de
gente.
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