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Aguas Fuertes

—Que debías decírselo todo. Lola es buena niña, aunque tenga el geniovivo. ¿No te
acuerdas cuando nos pegamos y nos arañamos porque le quitéde ser la mamá?... Ya
ves que le pasó en seguida...
—Sí, pero esto es muy distinto.
—Ya lo sé que es distinto... pero debes decírselo.
—¡Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa.... de seguro no me vuelve adecir adiós,
y se lo cuenta en seguida a sus papás.
—¿Y no será peor que se lo cuente otra persona?... ¡Hay niñas más
malintencionadas!... Elvira lo sabe ya... no sé quién se lo ha dicho...
Profunda debió ser la impresión que esta noticia causó en el ánimo deAsunción,
porque no volvió a despegar los labios y siguió escuchandoconsternada las razones de
su amiga, que las amontonaba de un modoincoherente, pero con resolución.
El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseñoreaba ya sinode uno de
los ángulos del salón: al retirarse dejaba claro y nítido elambiente, en el cual
resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dosde Mayo y las agujas del museo
de Artillería y de San Jerónimo. Lospequeños retrocedían ante la invasión de los
grandes a los parajes másapartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un
chico rubio,vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante
denuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al
parecerconveniente la gravedad que mostraban, se puso a hacerlas muecas en sonde
menosprecio, Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se levantófuriosa y le tiró
por los cabellos. El chico se alejó llorando.
Al cabo de un rato, cuando ya me disponía a dejar la silla para daralgunas vueltas,
oí exclamar a Luisa:
—¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!
Asunción se estremeció y levantó la cabeza vivamente.
—Sí, sí, es ella,—continuó Luisa.—Viene con Pepita y con Concha yEugenia... Es
el primer domingo que viene después de la muerte de suhermano... ¡No te pongas así,
niña!... No te asustes... verás, yo lo voya arreglar todo.
Asunción, en efecto, había empalidecido y estaba clavada e inmóvil en lasilla como
una estatua. Pronto divisé un grupo de niñas de su mismaedad que se aproximaba; en
el centro venía una completamente enlutada,morenita, con grandes ojos negros y
profundos que debía de ser lacausante de los temores de Asunción. Luisa se levantó a
recibirlas yechó una carrerita para cambiar con ellas buena partida de besos
cuyorumor llegó hasta mis oídos. Asunción no se movió. Al llegar, todas lasaludaron
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