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Aguas Fuertes

campestres. Charla, corre, ríe, salta,grita, y se autoriza con sus compañeras las
inocentes libertades queacostumbran en los bosques las pastoras con los zagales; les
tapa losojos con las manos, les da pellizcos, les quita el sombrero y les tirapor las
narices de un modo sencillo, encantador, conforme en un todo conlas leyes de la
naturaleza.
Así que entran en el parque y eligen un sitio a propósito, silencioso,umbrío,
embalsamado por las acacias, empiezan los juegos. La costureraes un portento de
gracia y habilidad en saltar la cuerda, tirar elvolante y chillar como una golondrina.
¡Qué linda está brincando yhaciendo carocas a los señoritos que acuden al reclamo de
los chillidos!El juego la vuelve a los días de su infancia, y en consecuencia sesienta
sobre las rodillas de sus compañeros y les ordena que le aten lastrenzas del cabello,
sin pasársele por la mente que estas escenasdespiertan en los señoritos que las
presencian ideas vituperables deadquisición. Nadie diría al ver aquella gracia inocente
y modesta, quenuestra heroína ha corrido algunas borrascas en las berlinas de punto
yconoce los misterios de la calle de Panaderos tan bien como D. AntonioSan Martín.
En ciertas ocasiones, rendida, jadeante, las mejillasinflamadas, los ojos brillantes y el
cabello desgreñado, la he vistosepararse del juego y tomar el brazo de algún zagal
sietemesino conguantes amarillos. La he visto seguir lentamente una calle solitaria
deárboles y perderse con él entre el follaje. ¿Iban tal vez en busca dealguna gruta
fresca y solitaria como aquella en que la esposa de Salomóndejó olvidado su cuidado?
No lo sé. En la vida del campo hay misteriosinefables que sería más grato que
prudente el escrutar.
II
EL ESTANQUE GRANDE
Apenas se deja atrás la famosa puerta de Alcalá y se dan algunos pasospor la calle
de árboles que nos lleva a lo interior del Retiro, empiezaa refrescar el rostro un
vientecillo ligero y húmedo, y con ínfulas demarino. El corazón y los pulmones se
dilatan, se cierraninvoluntariamente los ojos para recibir el beso blando de aquella
brisa,y acuden vagamente a la memoria playas, olas, peñascos, barcos, gaviotasy
sobre todo los horizontes dilatados del oceano que convidan a soñar.Continuad,
continuad con los ojos cerrados; no temáis tropezar con nada;la calle es ancha y los
coches no ruedan por aquel sitio. Durantealgunos momentos podéis meceros sin
riesgo en esa grata ilusión marítimapor la cual habéis pagado ya vuestra contribución.
Yo no diré que cuando abráis los ojos os encontréis frente al mar;semejante
exageración serviría tan sólo para desacreditar losnobilísimos propósitos del poder
ejecutivo, dado que éste nunca pensó, ami entender, en fundar un oceano en Madrid, y
sí únicamente un epítome ocompendio de él. Pero si no frente al mar, os halláis por lo
 
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