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Aguas Fuertes

del cabello sueltas, las manoscoloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo
para mí deseo, seagrupaban a la sombra sentadas en algún banco, desahogando con
placersus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por
esoperdiesen de vista un momento (dicho sea en honor suyo) los inquietos ymenudos
objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantabancorriendo para ir a socorrer a
algún mosquito infeliz que se había caídoboca abajo y que se revolcaba en la arena
con horrísonos chillidos;otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y
leresidenciaban ante el consejo de doncellas y amas de cría,
amonestándolesuavemente o recriminándole con dureza y administrándole algún
levecorrectivo en la parte posterior, según el sistema y el temperamento decada juez.
Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de lasque dividen el
paseo, y me puse a contemplar con ojos distraídos eljuego de los chicos. Detrás de mí
estaban sentadas dos niñas de once adoce años de edad, cuyos perfiles—lo único que
veía de ellas—eran deuna corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas
vestidas consingular gracia y elegancia: en Madrid esto último no tiene nada
deextraordinario porque las mamás, que han renunciado a ser coquetas parasí, lo
continúan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse unacompetencia poco
favorable a los bolsillos de los papás. Me llamó laatención desde luego la gravedad
que las dos mostraban y el poco oningún efecto que les causaba la alegría de los
demás muchachos. Alprincipio creí que aquella circunspección procedía de
considerarse yademasiado formales para corretear, y me pareció cómica; pero
observandomejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas, y como notenía
otra cosa que hacer, cambié de silla disimuladamente y me acerquécuanto pude a fin
de averiguarlo.
La una estaba pálida y tenía la vista fija constantemente en el suelo:la otra la miraba
de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando meacerqué guardaban silencio,
pero no tardó en romperlo la primeraexclamando en voz baja y con acento
melancólico:
—¡Si lo hubiera sabido, no saldría hoy a paseo!
—¿Por qué?—repuso la segunda.—De todos modos algún día os habíais
deencontrar.
La primera no replicó nada a esta observación y callaron un buen rato.Al cabo la
segunda dijo poniéndole una mano sobre el hombro:
—¿Sabes lo que estoy pensando, Asunción?
—¿Qué?
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