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Aguas Fuertes

La relación de aquel hombre había excitado mi curiosidad. Así que,después de
caminar un rato en silencio, le pregunté:
—¿Y V., cuando le echaron de la cárcel, se habrá ido a su casa?
—No, señor; me quedé cerca de la puerta para verle salir. Al cabo demedia hora de
espera, apaeció entre un montón de gente, lo mismo queeste que va en el coche... ¡Ay,
caballero, si viese V. que otro hombreera! Ese maldito sayo negro que les ponen, y el
gorro de la cabeza, lehabían mudao enteramente. Paecía un alma del otro mundo.
Montó, sinayuda de nadie, en el burro que estaba a la puerta... Entonces no ibanen
coche, como ahora, sino montaos en un burro... Estaba mejor así,¿no le paece a V.?...
De este modo todo el mundo se enteraba y lo veíabien... Cuando rompieron a andar,
me puse lo más cerca que pude, y él,que iba moviendo la cabeza a un lado y a otro,
me guipó en seguida yme llamó con la mano. Me dejaron acercar, y me dijo: «Adiós,
Miguelillo;estos cochinos me llevan a degollar como un carnero; vete pa
casa,querido, que estás muy fatigao». Me dio un apretón de manos y se pusoa hablar
con el cura, que le reñía por lo que había dicho. Yo me separé,pero no quise
marcharme. Seguí la comitiva hasta el mismo campo... hastaaquí, porque ya estamos
en él. Le vi subir al tablao, le vi sentarseen el banco, le vi besar el cristo que le ponían
delante, y cuando leecharon el pañuelo sobre la cara, entonces me puse a correr y no
paréhasta casa...
Habíamos llegado, en efecto, al Campo de Guardias y veíamos a lo lejosalzarse el
lúgubre armatoste sobre el mar de cabezas humanas que locircundaba. El clamor era
cada vez más alto; la agitación se convertíaen tumulto. Los gritos penetrantes de los
pregoneros apenas se oíanentre aquel rumor tempestuoso.
Mi compañero había guardado silencio. Yo, absorto completamente por laescena
terrible que se preparaba, tampoco despegué los labios. Me habíaimpresionado, no
obstante, su cuento, y al fin, por hablar algo, y entono distraído, le pregunté:
—Mucho lo habrá V. sentido, ¿no es verdad?
—¡Pues no lo había de sentir!... ¿Para qué he de engañarle a V.caballero?—me
contestó mirándome fijamente.—¡No lo había de sentir, siera mi padre!...
Quedé estupefacto. Sentí algo semejante al miedo y al asco, y no supemás que
murmurar:
—¡Qué horror!
El hombre de la capa, al ver mi sorpresa, sonrió con humildad, como sime pidiese
perdón, y continuó:
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