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Aguas Fuertes

hormigueaba delante del sucio y repugnanteedificio en espera de algo; ¡un algo bien
espantoso por cierto! Yo fui aengrosar aquel gran montón, como una gota de agua que
cae en el mar.Allí los rostros ya expresaban algo: la impaciencia. Me parece
excusadodecir que era plebe la inmensa mayoría de los circunstantes, porque laplebe
es la que particularmente se siente atraída hacia los espectáculoscruentos. No
obstante, hay también gente de levita y sombrero de copaque se deleita con las
emociones terribles; pero en aquella ocasión erauna minoría muy exigua. Un coche de
plaza sin número esperaba a lapuerta: el cochero tenía la cara cubierta con un pañuelo.
Crecido númerode guardias de orden público se hallaba distribuido en el concurso, y
unpiquete de soldados, con los fusiles en «su lugar descanso», ceñía lafachada del
siniestro caserón, contemplando con ojos distraídos elhervor de aquel mar de cabezas
humanas. Algunas aristócratas delcomercio pregonaban a gañote tendido «agua y
azucarillos, bellotas comocastañas, chufas, cacahuetes», y algunos otros artículos
deentretenimiento, para los estómagos desocupados. Los balcones de lascasas
circunvecinas estaban poblados de gente, y no era raro ver enellos el rostro fresco y
sonriente de alguna linda muchacha que acababade dejar el lecho, y que con sus
menudos dedos blancos y rosados serestregaba los ojos.
Era tan horrible lo que iba a suceder, y tan lúgubres los preparativosdel suceso, que,
más por huir la tristeza que por amor al bello sexo,aunque no dejo de profesarlo, me
coloqué debajo de uno de los balcones yme puse a mirar a cierta rubia, que no pagó
verdaderamente miatención—dicho sea en honor suyo. ¡Por qué había de mirarme,
cuando nisiquiera me iban a dar garrote! Sus ojos estaban clavados con
ansiosacuriosidad en la puerta del Saladero. Me acordé entonces de las damasdel
imperio romano, que daban la señal de muerte a los gladiadores, ehice una porción de
reflexiones histórico-filosóficas, de las cualeshago gracia a los lectores.
Cuando más embebido me hallaba en ellas, escuché una voz cerca quepreguntaba:
—Caballero, ¿sabe V. qué hora es?
Volvime, sin saber a quién se dirigía la pregunta, y me hallé enfrentede un hombre
no muy alto, de barba y pelo cenicientos, de faccionesafiladas, que me miraba con
unos ojos pequeños y hundidos, y de colorindefinible, esperando, a no dudarlo, mi
respuesta. Como el reloj era deniquel, eché mano de él, sin temor de mostrarlo, y le
dije:
—Las siete y veinte minutos.
—Todavía esperaremos más de un cuarto de hora—repuso el hombrereflejando
disgusto en su fisonomía. Yo me encogí de hombros conindiferencia, y alcé los ojos
al cielo, quiero decir, a la rubia.
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