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Aguas Fuertes

He conocido un joven a quien una Comisión salida del seno de la Academiapasó a
ofrecer en su misma casa el puesto de Secretario con el objetode apagar una querella
suscitada entre dos enconados e igualmentepoderosos adversarios. Aquel joven
esclarecido, dando a la historia elmismo ejemplo de modestia y generosidad que el
rey Wamba, se negóterminantemente a aceptar los honores que le ofrecían.
Este ejemplo, por desgracia, no ha tenido imitadores. Las dulzuras delpoder excitan
demasiadamente el paladar de los jóvenes académicos paraque nadie piense en
rechazarlas. Antes al contrario, se emplean paraconseguirlas todos los medios que la
inteligencia despierta de lossocios, encendida por el deseo, les sugiere. ¡Qué de
intrigasespantables y tenebrosas! ¡Qué de crueles asechanzas! ¡Cuántas
palabraspérfidas! ¡Cuántas sonrisas traidoras! El espíritu se estremece y loscabellos se
erizan al acercarse a este hervidero de las pasioneshumanas.
Ni tampoco faltan los arranques brutales de la fuerza, o sean lascoacciones
escandalosas, como se dice en términos técnicos. A estepropósito se citan en la
Academia algunos hechos que, por su gravedad ypor las tristísimas circunstancias de
que se hallan rodeados, conturbany abaten el ánimo. Se dice, por ejemplo, que en
cierta ocasión elbibliotecario, Sr. Torres Campos, obstruyó con su persona uno de
lospasillos del local para que sus contrarios no pudiesen ir a depositar elvoto en la
urna. Yo nunca he creído semejante especie. Conozco muy bienal distinguido
bibliotecario, y aunque le considero con facultades paraobstruir cualquier pasillo, no
creo que jamás haya puesto sus felicescondiciones físicas al servicio de una tan
flagrante injusticia. Detodas suertes, es bueno, sin embargo, dejar apuntado que he
visto aalgunos académicos calificar su legítima influencia en la Corporación
de«funesta e insufrible tiranía».
Hay, no obstante, jóvenes privilegiados, favorecidos por la Providenciacon dotes
excepcionales que alcanzan los más altos puestos sin lucha,sin esfuerzo y sin peligro.
Desde el instante en que uno de estosjóvenes pisa los umbrales de la Academia, sus
compañeros, como si viesenen él un ser superior enviado del cielo, se apresuran a
allanarle losobstáculos y a sembrar de flores su camino. Cesan las
envidiosasmaquinaciones, se apagan los rencores, cálmanse momentáneamente
lasencrespadas olas, y el joven providencial marcha triunfante, bañado porel sol de la
gloria, libre y desembarazado, a la codiciada silla deSecretario, donde se sienta, como
los emperadores bárbaros, por derechopropio. Tal ha sido la historia de mi distinguido
amigo el Sr. Macaya yde algunos otros, aunque muy escasos, jóvenes.
A más del cargo supremo de Secretario (pues el de Presidente se haconvenido en
cederlo a la política), hay otros puestos que excitantambién la concupiscencia de los
socios, que son los de presidentes yvicepresidentes de las secciones. La elección de
éstos, aunque no ofrecela honda perturbación que la de Secretario, no por eso deja de
serinteresante y sembrada de peripecias. Algunos meses antes del díaseñalado para la
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