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Aguas Fuertes

El presidente:—Su señoría no puede hablar de la avenida...
(Muy bien, muy bien. Una voz: Fuera el presidente. Terribleconfusión en el
público. Cuatro espectadores baten palmas a lapresidencia. Dos gritan: Que siga, que
siga. Los académicos se hablanal oído, aconsejando moderación e imparcialidad).
Gutiérrez, con amargura:—Señor presidente, veo con claridad que aquí,como en la
calle, no se respeta la justicia. Renuncio al uso de lapalabra... Antes de sentarme, sin
embargo, os diré que, aunque vosotrosno la veáis, la avenida sube, sube, y concluirá
por ahogaros.
(Indescriptible confusión. Dos espectadores apostrofan duramente alorador.
Algunos académicos tratan de imponerles silencio. El presidenterompe la campanilla.
Gutiérrez pasea miradas insolentes y sarcásticaspor el concurso).
El presidente, logrando hacerse oír:—Su señoría puede hacer lo queguste, pero
conste que la Mesa no le retira la palabra. El miércolespróximo continuará la
discusión sobre el derecho de acrecer. Se levantala sesión.
II
La vida pública de la Academia de Jurisprudencia no se resume en losdebates como
el que acabamos de presenciar. Hay en su organización ovida interna ciertos
mecanismos que tocan, o por mejor decir, entran delleno en los dominios del derecho
político y aun en el natural, o sea elque la naturaleza enseñó lo mismo a los hombres
que a los animales:quod natura omnia animalia docuit. Me refiero a las elecciones.
Cuando entramos en el salón de sesiones y vemos al lado del presidente aun joven
decentemente vestido que en ciertas ocasiones lee con voztrémula y conmovida el
resumen de los gastos y los ingresos, apenasfijamos nuestra atención en él. ¡Y no
obstante, ese joven es elSecretario! ¡El Secretario! ¡Cuán poco nos figuramos lo que
significaesta palabra!
Asistid como yo he asistido a una elección de Secretario en la Academiade
Jurisprudencia, y mediréis su extensión. Al solo anuncio de laselecciones,
conmuévese hondamente aquel respetable cuerpo jurídico,preparándose a una terrible
y dolorosa crisis. La chispa de la ambicióncomunica instantáneamente el fuego a
todos los corazones, y como sucedesiempre en las grandes perturbaciones sociales, los
sórdidos intereses,las pasiones bastardas, los rencores, las miserias, todo el fango
delespíritu, en una palabra, asciende a la superficie y enturbia por uninstante la pureza
de la docta Corporación. Mas en medio de esterevuelto mar de apetitos y torpes
deseos suelen flotar también,digámoslo en honor de los jóvenes jurisconsultos
españoles, nobles ylegítimas ambiciones y rasgos de conmovedora modestia.
 
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