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Aguas Fuertes

marcha resueltamente por la sendadel libre examen, sin sospechar los riesgos que
corre su noble espíritu;de la misma suerte que el niño, persiguiendo por el campo a la
mariposairisada, no ve el abismo que se abre a sus pies y amenaza
sepultarle...(Prolongados aplausos).
Continúa el orador describiendo con rasgos magistrales el carácter dePérez, y pasa
después a lamentarse con acento patético de que aquél nocrea en la procedencia del
género humano de una sola pareja. Con estemotivo, hace una pintura acabada y
elocuente del paraíso terrenal, ydescribe a nuestros primeros padres en el estado de
inocencia,entreteniéndose sobre todo a dibujar con amor y cuidado la figuraesbelta,
graciosa, cándida e incitante a la vez de la madre Eva, de talmodo, que provoca en la
juventud que le escucha entusiásticos yfervorosos aplausos.
Traza después a grandes pinceladas la historia de los primeros tiemposde la
humanidad, y afirma que la verdadera civilización tiene su origenen el cristianismo.
(El Sr. Gutiérrez pide la palabra con voz irritaday estentórea. Grande ansiedad en la
media docena de circunstantes quehan quedado en el público).
Terminado el discurso, rectifica brevemente Pérez, y acto continuo elpresidente
concede la palabra a Gutiérrez, que con el rostro encendido,las manos trémulas y los
ojos inyectados, comienza a gritar más que adecir su oración.
«Señores académicos—exclama:—No es el cristianismo, no, como acabáisde oír, el
que ha engendrado nuestra civilización. Todo lo contrario. Elcristianismo ha sido, es y
será mientras exista, la rémora constante delprogreso de los pueblos. Hace mil
ochocientos y tantos años que un judíoexaltado...
(El presidente, haciendo sonar la campanilla):—La Mesa suplica al Sr.Gutiérrez
que procure no herir el sentimiento religioso de la asamblea.
«Señor presidente, ha llegado la hora de las grandes verdades. Vosotrosvenís de los
templos, de los salones, de las universidades... Yo vengode la calle... Y vosotros no
sabéis lo que pasa en la calle... Yo losé... Por eso os digo que viváis alerta. La
paciencia, una paciencia queha durado muchos siglos, está ya a punto de agotarse.
Nos hemos contadoy os hemos contado también. Mañana, cuando más descuidados
estéis, talvez vengamos a arrojaros de aquí. Los hombres de la calle, como untorrente
que se desata, como una inmensa y terrible avenida...
El presidente:—La Mesa no puede permitir que el Sr. Gutiérrez sigahablando de
ese modo.
(Algunas voces: Muy bien, muy bien. Otras: Que siga, que siga).
«Señor presidente, creo estar en mi perfecto derecho al hablar de laavenida que se
precipita...
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