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Aguas Fuertes

lloraba cuando su marido relató de qué modo lehabía encontrado. Y todavía quiso
añadir más cuidados a los de Santiago:mandó traer un calorífero y ella misma se lo
puso debajo de los pies;después le envolvió las piernas en una manta y le puso en la
cabeza unagorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la
butaca,acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon ensilencio y
embargados por la emoción, el breve relato que de susdesgracias les hizo. Santiago se
golpeaba la cabeza: su esposa lloraba:los chicos atónitos le decían estrechándole la
mano: ¿No volverás atener hambre ni a salir a la calle sin paraguas, verdad tiito?... yo
noquiero, Manolita no quiere tampoco... ni papá, ni mamá.
—¡A que no le das tu cama, Paquito!—dijo Santiago, pasando a laalegría
inmediatamente.
—¡Si no quepe en ella, papá! En la sala hay otra muy grande, muygrande, muy
grande...
—No quiero cama ahora,—interrumpió Juan... ¡me encuentro tan bienaquí!
—¿Te duele el estómago como antes?—preguntó Manolita abrazándole ybesándole.
—No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muyfeliz... lo único que
tengo es sueño... se me cierran los ojos sinpoderlo remediar...
—Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,—dijo Santiago.
—Sí, tiito, duerme, duerme—dijeron a un tiempo Manolita y Paquitoechándole los
brazos al cuello y cubriéndole de caricias...
Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.
Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con sucadáver
entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó quehabía muerto por la
congelación de la sangre.
—Mira, Jiménez—dijo un guardia de los que le habían llevado a sucompañero.
—¡Parece que se está riendo!
LA ACADEMIA
DE JURISPRUDENCIA
 
 
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