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Aguas Fuertes

Terminada la refacción se quedaron ambos algunos momentos al lado de
lachimenea. Santiago preguntó a un criado si la señora y los niños estabanya
acostados y habiéndole respondido afirmativamente, dijo a su hermanorebosando de
alegría:
—¿Tú no tocas el piano?
—Sí.
—Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al salón.
Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Después levantó la tapapara que se
oyera mejor, abrió con cuidado las puertas y ejecutó todaslas maniobras conducentes
a producir una sorpresa en la casa; pero todoello con tal esmero, andando sobre la
punta de los pies, hablando enfalsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que
Juan al notarlo nopudo menos de reírse exclamando: ¡Siempre el mismo Santiago!
—Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.
El ciego comenzó a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel seestremeció
de pronto, como una caja de música cuando se la da cuerda.Las notas se atropellaban
al salir del piano, pero siempre con ritmobelicoso. Santiago exclamaba de vez en
cuando:
—¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!
Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brío.
—Ya veo a mi mujer detrás de las cortinas... ¡adelante, Juanillo,adelante!... Está la
pobre en camisa... ji... ji... me hago como que nola veo... se va a creer que estoy
loco... ¡ji ji!... ¡adelante,Juanillo, adelante!
Juan obedecía a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocera su
cuñada y besar a sus sobrinos.
—Ahora veo a mi hija Manolita, que también sale en camisa... ¡Calle,también se ha
despertado Paquito!... ¡No te he dicho que todos iban arecibir un susto!... Pero se van
a constipar si andan de ese modo mástiempo... No toques más Juan, no toques más.
Cesó el estrépito infernal.
—Vamos, Adela, Manolito, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar unabrazo a mi
hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, aquien acabo de encontrar
en la calle a punto de morirse helado entre lanieve... ¡Vamos, vestíos pronto!
La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobreciego. La voz
de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creía escucharla de la Virgen: notó que
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