Read The Great
Gatsby
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—¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy un criminal, soy tu hermanoSantiago.
Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos enmedio de
la calle. La nieve caía sobre ellos dulcemente.
Santiago se desprendió bruscamente de los brazos de su hermano ycomenzó a gritar
salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:
—¡Un coche, un coche! ¿no hay un coche por ahí?... ¡maldita sea misuerte! Vamos,
Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto...¿Pero señor, dónde se meten
los coches...? Ni uno sólo cruza por aquí...Allá lejos veo uno... ¡gracias a Dios!... ¡Se
aleja el maldito!... Aquíestá otro... éste ya es mío. A ver cochero... cinco duros si V.
noslleva volando al hotel número diez de la Castellana...
Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo metió en elcoche y
detrás se introdujo él. El cochero arreó a la bestia y elcarruaje se deslizó velozmente y
sin ruido sobre la nieve. Mientrascaminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al
pobre ciego, le contórápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa
Rica, dondejuntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el
campo,sin comunicación apenas con Europa; escribió tres o cuatro veces pormedio de
los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvorespuesta. Y siempre pensando en
tornar a España al año siguiente, dejóde hacer averiguaciones proponiéndose darles
una agradable sorpresa.Después se casó y este acontecimiento retardó mucho su
vuelta. Perohacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el
registroparroquial que su padre había muerto; de Juan le dieron noticias vagas
ycontradictorias: unos le dijeron que se había muerto también; otros quereducido a la
última miseria, había ido por el mundo cantando y tocandola guitarra. Fueron inútiles
cuantas gestiones hizo para averiguar suparadero. Afortunadamente la Providencia se
encargó de llevarlo a susbrazos. Santiago reía unas veces, lloraba otras mostrando
siempre elcarácter franco, generoso y jovial de cuando niño.
Paró el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron aJuan casi en
volandas hasta su casa. Al entrar percibió una temperaturatibia, el aroma de bienestar
que esparce la riqueza: los pies se lehundían en mullida alfombra; por orden de
Santiago dos criados ledespojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua
y le pusieronropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo
gabinete,donde ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y
despuésalgunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en quedebía
hallarse su estómago: subieron además de la bodega el vino másexquisito y añejo.
Santiago no dejaba de moverse, dictando las órdenesoportunas, acercándose a cada
instante al ciego para preguntarle conansiedad:
—¿Cómo te encuentras ahora, Juan?—¿Estas bien?—¿Quieres otrovino?—
¿Necesitas más ropa?

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