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Aguas Fuertes

tristezale tenía dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba loslabios;
pasaba las horas componiendo una gran misa de requiem quecontaba se tocase por la
caridad del párroco en obsequio del alma de sudifunto padre; y ya que no podía
decirse que tenía los cinco sentidospuestos en su obra, porque carecía de uno, sí
diremos que se entregaba aella con alma y vida.
El cambio de ministerio le sorprendió cuando aún no la había terminado:no sé si
entraron los radicales, o los conservadores, o losconstitucionales; pero entraron
algunos nuevos. Juan no lo supo sinotarde y con daño. El nuevo gabinete, pasados
algunos días, juzgó queJuan era un organista peligroso para el orden público, y que
desde loalto del coro, en las vísperas y misas solemnes, roncando y zumbando
contodos los registros del órgano, le estaba haciendo una oposiciónverdaderamente
escandalosa. Como el ministerio entrante no estabadispuesto, según había afirmado en
el Congreso por boca de uno de susmiembros más autorizados, «a tolerar
imposiciones de nadie,» procedióinmediatamente y con saludable energía a dejar
cesante a Juan,buscándole un sustituto que en sus maniobras musicales ofreciese
másgarantías o fuese más adicto a las instituciones. Cuando le notificaronel cese,
nuestro ciego no experimentó más emoción que la sorpresa; alláen el fondo casi se
alegró, porque le dejaban más horas desocupadas paraconcluir su misa. Solamente se
dio cuenta de su situación cuando al findel mes se presentó la patrona en el cuarto a
pedirle dinero; no lotenía, porque ya no cobraba en la iglesia; fue necesario que
llevase aempeñar el reloj de su padre para pagar la casa. Después se quedó otravez tan
tranquilo y siguió trabajando sin preocuparse de lo porvenir.Mas otra vez volvió la
patrona a pedirle dinero, y otra vez se vioprecisado a empeñar un objeto de la
escasísima herencia paterna; era unanillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo qué
empeñar. Entonces, porconsideración a su debilidad, le tuvieron algunos días más de
cortesía,muy pocos, y después le pusieron en la calle, gloriándose mucho dedejarle
libre el baúl y la ropa, ya que con ella podían cobrarse de lospocos reales que les
quedaba a deber.
Buscó una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causó unainmensa
tristeza; ya no podía terminar su misa. Todavía fue algún tiempoa casa de un
almacenista amigo y tocó el piano a ratos; no tardó, sinembargo, en observar que se le
iba recibiendo cada vez con menosamabilidad, y dejó de ir por allá.
Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez quedándose conel baúl en
prenda. Entonces comenzó para el ciego una época tanmiserable y angustiosa, que
pocos se darán cuenta cabal de los dolores,mejor aún, de los martirios que la suerte le
deparó. Sin amigos, sinropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el
mundo; mas si aesto se agrega el no ver la luz del sol, y hallarse por lo
mismoabsolutamente desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el límite deldolor y la
miseria. De posada en posada, arrojado de todas poco despuésde haber entrado,
metiéndose en la cama para que le lavasen la únicacamisa que tenía, el calzado roto,
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