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(NOVELA)
Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegossuelen
aprender, la música; y fue en este arte muy aventajado. Su madremurió pocos años
después de darle la vida; su padre, músico mayor de unregimiento, hacía un año
solamente. Tenía un hermano en América que nodaba cuenta de sí; sin embargo, sabía
por referencias que estaba casado,que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena
posición. El padreindignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oír
sunombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menosde
recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en laniñez, el
defensor de su debilidad contra los ataques de los demáschicos, y que siempre le
hablaba con dulzura. La voz de Santiago, alentrar por la mañana en su cuarto
diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba,hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del
ciego más grata yarmoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín. ¿Cómo
sehabía trasformado en malo aquel corazón tan bueno? Juan no podíapersuadirse de
ello, y le buscaba un millón de disculpas: unas vecesachacaba la falta al correo; otras
se le figuraba que su hermano noquería escribir hasta que pudiera mandar mucho
dinero; otras pensaba queiba a darles una sorpresa el mejor día presentándose cargado
de millonesen el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de
estasimaginaciones se atrevía a comunicar a su padre: únicamente cuando
éste,exasperado, lanzaba algún amargo apóstrofe contra el hijo ausente, seatrevía a
decirle: «No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me dael corazón que ha de
escribir uno de estos días.»
El padre se murió sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote quele exhortaba
y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como sitratase de retenerle a la
fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacarel cadáver de casa sostuvo una lucha
frenética, espantosa, con losempleados fúnebres. Al fin se quedó solo; pero ¡qué
soledad la suya! Nipadre, ni madre, ni parientes, ni amigos: hasta el sol le faltaba,
elamigo de todos los seres creados. Pasó dos días metido en su cuarto,recorriéndolo
de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probaralimento. La criada, ayudada
por una vecina compasiva, consiguió al caboimpedir aquel suicidio: volvió a comer y
pasó la vida desde entoncesrezando y tocando el piano.
El padre, algún tiempo antes de morir, había conseguido que le diesenuna plaza de
organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida concatorce reales diarios: no era
bastante, como se comprende, parasostener una casa abierta, por modesta que fuese;
así que, pasados losprimeros quince días, nuestro ciego vendió por algunos cuartos,
muypocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidió a la criada yse fue de
pupilo a una casa de huéspedes pagando ocho reales; los seisrestantes le bastaban para
atender a las demás necesidades. Durantealgunos meses vivió el ciego sin salir a la
calle más que para cumplirsu obligación; de casa a la iglesia, y de la iglesia a casa. La

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