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Aguas Fuertes

abigarradade aquella muchedumbre, que no tiene ojos más que para sí misma,
hacebrillar los arreos de los caballos y las joyas de las señoras, tiñe devivos colores la
seda de los vestidos y extiende un manto brillante deoro sobre la inmóvil y silenciosa
comitiva. Los árboles recogen con másplacer que los hombres el último beso del astro
del día, y entre suscopas frondosas surgen gratas y fugitivas luces. A la izquierda el
puroazul del cielo se deja ver, desvaído ya y marchito, y su fondo luminosoqueda
cortado a trechos por las formas rígidas de alguna conífera o porlos tricornios de los
guardias que permanecen clavados a sus caballos, ylos caballos a la tierra como
verdaderas estatuas. En el medio de lacurva que el paseo describe, hay abierto un
boquete sin árboles, pordonde se contempla el paisaje: parece un enorme balcón desde
donde sedivisan algunas leguas de tierra árida como toda la que rodea a Madrid.Este
paisaje sólo es bello a la caída de la tarde: entonces las brumasdel crepúsculo,
traspasadas un instante por los rayos del sol, matizandelicadamente la vasta planicie,
las colinas lejanas flotan en unaneblina azulada, y sobre ellas resaltan como puntos
blancos algunoscaseríos. Los juegos de la luz fingen en la llanura bosques,
campos,ríos y pueblos que no existen: es un país falso y teatral que guardacierta
semejanza con el fondo del cuadro de las Lanzas, de Velázquez;pero cautiva la vista
por su esplendor, y dilata el pecho por suinmensidad.
El vapor luminoso que por aquella parte envuelve el paseo, amortiguandolos vivos
colores de las sombrillas, borrando los elegantes contornos delos caballos, esfumando
las facciones de las damas y prestándole a todoaspecto escenográfico, pierde
lentamente su brillo y se transforma en unpolvo ceniciento que cae del cielo como
heraldo de la noche. La noche sellega al fin: el sol sepulta sus fuegos en los confines
de la yermallanura: algunas nubecillas finas y delgadas, como rayas trazadas en
elfirmamento, después de ennegrecerse fuertemente, concluyen pordesaparecer. El
paseo pierde todo su esplendor; ya no es más que ungrupo numeroso de coches sin
brillo ni poesía. La comitiva siente casial mismo tiempo un leve temblor de frío; las
señoras se embozan en loschales y tiran hacia sí las pieles que cubren sus rodillas;
loscaballeros se esfuerzan en meterse los abrigos y agitan los brazos en elaire como
aspas de molino; piafan los caballos pensando en las próximasdulzuras del pesebre, y
los aurigas chasquean el látigo enderezándolosya hacia la ciudad. En pocos minutos
queda la carretera desierta. Lospeones, que como es natural permanecen rezagados,
escuchan algún tiempoel ruido de los coches, como un rumor distante de olas que
seestrellan.
EL PÁJARO EN LA NIEVE
 
 
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