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Adriana Zumarán

amarillento rayaba la juntura del cortinaje; perola hermana
Casilda dormía toda la noche con luz.
—¿Por qué no vas a ver?—dijo Adriana a una de sus
compañeras.
—Tengo miedo...
—¡Bah! iré yo.
Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina,
yvolvió con una expresión maravillada.
—¿Cómo está?—le preguntaron.
—¡Pelada!
Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el
ruedo de suscamisones se estremecía sobre los pies desnudos.
Ambas, ávidamente,abrieron la cortina.
—¡Jesús!—gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que
no se habíadesvestido aún.
Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus
compañeras, lavieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en
sus labios, como si sualma, soñando, hubiese volado a la región
de sus éxtasis.
Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad
viciosa,hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin
embargo loindecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz
de resistir lainfluencia maligna, aquella influencia que ya,
durante su infancia, lahabía aterrado alguna vez: así cuando
Raquel, empañados por el llantolos hermosos ojos verdes, se
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