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Adriana Zumarán

ternuras se fueron apagandocomo los colores de una olvidada
pintura bajo la capa de polvo que lacubre.
A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que
suséxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera
mística. Cuandola interrogaban, ponía una cara adusta, y
golpeando el suelo con el pie,se quedaba mirando en el vacío.
La hermana superiora venía, inquieta, yle preguntaba,
acariciándola con dulzura:—¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya nole
reza al Señor?
—No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.
Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella
estabaperdida para el cielo.
Más tarde su carácter se hizo irónico.
—¿Ustedes son peladas?—preguntaba riendo a las hermanas.
Y las amenazaba con arrancarles la toca.
Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si
efectivamenteeran las monjas peladas. En el vasto dormitorio
común, separaba lascamas de las colegialas un cortinado que les
hacía como estrechasceldillas. Una monja, la hermana Casilda,
velaba paseándose por mediodel salón, hasta después de
acostadas y dormidas todas. Luego se recogíaen una celdilla
propia, más grande que las demás y cerrada por uncortinado más
espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podíaespiarse
a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la
tocapuesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido
leve de suspasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en
medio del salón.Temblaban de miedo. Se acercaron
cautelosamente a la celdilla grande,cuchicheando. Un hilo
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