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Adriana Zumarán

recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con
laimaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se
divertía,sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no
podía comprender,en las muchachas del país, "la falta de lógica
y la conductaatolondrada".
—Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para
enseñarmeidiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo
con los consejos depapá, que tampoco me sirven para nada.
Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía
imitando lapronunciación extranjera, y con el mismo tono de
severidad.
La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones
deliteratura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del
paseovisitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido,
pero con lacondición de buscar a Charito, para pasarlo menos
aburrido.
Cuando media hora después entraban en la sala de calcos,
Adriana creyósoñar: de pie, con la atención reconcentrada en
una escultura griega,estaba Julio.
—¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró
involuntariamente.
Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón.
Y comoLucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó,
suplicándoleviniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de
allí observarle asus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando
saliese de su contemplación!
—No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que
allí ves, loquiero y lo querré toda mi vida.
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