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Adriana Zumarán

Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para
qué habíavenido? Embargada por las influencias que la
rodeaban asiduamente encasa de las Aliaga y viviendo como
envuelta por una atmósfera de pasióny de encantamiento, la
compañía de su "leal amiga" era algo que carecíade
significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito,
comola familia de su tío Ernesto Molina y como su madre
misma, no teníanconciencia de los grandes misterios... Y que
tampoco la tenían lasinnumerables personas absorbidas por la
vanidad de la vida mundana,devoradas por ella, agitadas como
muñecos en la constante preocupaciónde figurar.
La conversación de Charito reflejaba toda aquella
inconsistencia.
—¿Y qué haces?—proseguía.—En ninguna parte se te ve
ahora. Lasmañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como
este año. Podríanverse allí todos los días; no queda un solo
banco desocupado y en lasavenidas y junto a los lagos desfilan
los carruajes apretados, sin poderpasar, todos llenos de chicas
que se saludan bajo las sombrillas declaros colores.
Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito,
a quien nofaltaban sus pretensiones literarias, buscaba las
palabras escuchándosehablar.
En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía
acompañada de suprofesora, Mlle. Ivonne, que le servía al
mismo tiempo como dama decompañía. Lucía era, para Adriana,
un ser mucho más interesante queCharito. Muchacha de unos
diez y nueve años, elegantísima, alegre decarácter, llena de
gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba enlos labios y
en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte demalicia
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