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Adriana Zumarán

confusa, un desorden entodas sus ideas; reaparecían en su
espíritu las historias de amorevocadas por la abuelita de las
Aliaga, luego la escena extraña en elcomedor, la tragedia de
Laura, la expresión de dolor en la cara deJulio; en seguida
afluyeron también las imágenes de sus antepasadosatormentados
de pasión, y su abuela mística y sus éxtasisincomprendidos; todo
desfilaba con una agitación de pesadilla y larodeaba como de
una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por laoscuridad
de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso enla
alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron,
indecisos,y las caras de los retratos parecían manchas lívidas,
suspensas en mediodel marco dorado. Tenía todo algo de
fantástico; se infundía en ella unansia de cosas irreales. Se sentó
en el radio de la claridad lunar. Elsilencio le llenaba los oídos
con un gran eco vago. De pronto, pasmada,vio brillar en el aire
un crucifijo; encima, una blancura fue tomandoforma de dos
manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara dela
abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un
largovestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el
crucifijo. Sucuerpo, como sostenido por alguna presencia
sobrenatural, se fuearrodillando, muy lentamente, y sus ropas
blancas se arrollaban en elsuelo. La cara, tan blanca como la
ropa, se puso en éxtasis.
Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se
anegó pocoa poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del
rostro empezó adiluirse y al fin se extinguió también la
apariencia de las manosjuntas. Pero todavía por un minuto
osciló el crucifijo, suspenso en elclaror de la luna.
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