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Adriana Zumarán

Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le
tomó unamano. Acaso para arrancar su pensamiento a una
obsesión penosa, sedecidió a interrogarla sobre un tema que en
otra ocasión no hubierapodido tocar sin sobrecogerse.
—Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi
pregunta. Es sobrepapá...
Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que
había advertido,en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su
padre. Durante unminuto quedaron ambas calladas. Al fin
Adriana insistió.
—¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de
papá?...
Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.
—¿Zoraida? ¡Por Dios!
Adriana se confundió:
—Te quería preguntar...
—¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le
hizo mamácomprender que era una locura, un pecado... Pero
después... después...cuando supo el suicidio de tu papá, ella
murió a los pocos meses...¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!
—Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.
—¡Cómo te imaginas!
Y nunca más hablaron de ello.
Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su
habitacióny se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario,
sentía comouna exaltación de todo su ser, y una ansiedad
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