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Adriana Zumarán

Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa
ingenuidadsenil.
—Tomaron una casa muy linda,—continuó—en la calle de la
Piedad, juntoa la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?
—¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.
—La echaron abajo hace tiempo, abuelita—dijo Zoraida.
Ahora viven enla calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.
Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con
susbaldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en
cuya cimaasomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas
blancas. Y recordótambién las hermosas diamelas, su aroma
embriagante cuando todas lasplantas del patio florecían y sus
hinchados pétalos, próximos amarchitarse, tomaban un color
avinado...
—También la casa en que vivíamos nosotras la han echado
abajo, explicóZoraida.
—¿Es posible?
Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:
—Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló
un ramo dediamelas. Josefina se reía, pero no creo que le
gustara mucho. Ah, ¡quéricas diamelas!
Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena
remota enuna milagrosa reaparición.
Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o
susamigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas,
como elsuicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas,
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