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Adriana Zumarán

llena de hermosa juventudbajo lo anticuado del atavío, parecía
velada de pesadumbre, como por laconciencia larga de la
muerte.
La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego,
evocandopoco a poco sucesos que se referían a la familia de
Adriana:
—Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la
rama de tumadre; me festejó en un tiempo.
La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó
en elrecuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil,
repitiendo lasfrases que le habían murmurado, más de medio
siglo antes, en una finadeclaración de amor, que su memoria
resucitaba con la imaginación delsalón lejano, las figuras
ceremoniosas del minué, su propia linda imagende muchacha
vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, comoen una
sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.
Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril.
Rara vezocurría que así se pusiera a contar historias de su
tiempo; la vejezavanzada había atenuado mucho su sensibilidad,
le había comunicado unaespecie de indiferencia para todas las
cosas, y también para sí misma,porque hablaba de morirse sin
que tal idea despertase en ella zozobraalguna. Pero esa noche,
los recuerdos la iban como galvanizando.
—Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido.
Entonces élse casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá;
era también muybonita y nada celosa; ella misma nos daba
bromas, a su marido y a mí,cuando se acordaba de aquellos
festejos. Sí, y él se quedaba callado.Sabía disimular muy bien.
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