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Adriana Zumarán

sumúsica como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las
manos. Ungran deseo de purificación la dominó; y en este
generoso arranque quesubía desde lo más íntimo de su alma,
como un mar de ternura, reconocióuna semejanza con la
irradiación suntuosa y triste que derramaba elcielo sobre las
deformidades viles de la tierra, reflejando la visión deaquella
luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un
prodigiobajo sus ojos atónitos.
La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea,
parecía hacera su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese
querido volar hacia ella,arrodillarse en la penumbra más vaga de
su nave pequeña y llorar asolas, indefinidamente, bajo las luces
encendidas en los cirios.
IX
Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer.
La ancianahizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos
y viejos leacariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad
en su modo y entoda su persona; la tranquilidad profunda del
rostro traía el vagoresplandor de una belleza apagada por el
tiempo.
Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo
común seabsorbía completamente en la reminiscencia de las
cosas pasadas; paraella se reducía a sus nietas todo el pálido
presente.
Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la
suntuosa y macizacómoda de manijas talladas, los sillones altos
como sitiales; de otraépoca los grandes marcos de un oro ya sin
brillo: en las telasagrietadas, los rasgos expresivos de las caras
habían comenzado aborrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna
 
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