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Adriana Zumarán

cosas exaltaban sus formas como unafantasmagoría. Techos y
árboles sobrenadaban en la indecisión de lallanura. Una
lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto deoro.
La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató.
Bóvedasy torrecillas paralelas crecían, parecían moverse,
lentamente, hacia elvuelo jadeante del tren. Algunas casuchas
del suburbio, como emboscadasjunto a la vía, asomaban
rápidamente, y cada una, al pasar, parecíavolcarse en la
penumbra. El tren corría a la altura de los tejadosceñidos contra
el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos depobrerío se
diseminaban confusamente, y todo formaba una
perspectivasórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas
informes y de vidaprecaria, todo miserablemente pegado a la
tierra, flotaba como unaarmonía la magnificencia triste del
ocaso, derramando sombra y paz.
El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo
temblar elviaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación
jadeante:atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta.
Había cruzado elpuente en pleno día, sobre aguas verdosas
salpicadas de desperdicios,entre sucias embarcaciones atracadas
a los malecones rotos. Ahora lepareció pasar por sobre una
enorme sierpe de púrpura deslumbrante, quebajo el crepúsculo
se prolongaba, entre dos orillas de negrurafantástica, y sorbía en
el horizonte la luz de sangre.
Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío
confuso que eltren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y
una iglesia lejanase diseñó como una miniatura gótica
estampada en el cielo pálido;Adriana creyó oír algunos toques
de la campana, llegando hasta ella enuna vibración
imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en
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