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Adriana Zumarán

su vida. Y no se explicaba a sí misma la razónoscura de este
deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.
A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse
a unsentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era
fingir la vagadespreocupación.
—Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo
mismo quetú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el
argumento dealguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué
atención nos quedamosescuchándole y deseando que no termine
nunca! Engaña mucho esa frialdadque tú le ves. Es nuestro
mejor amigo, nuestro único amigo, porque alos muchachos
parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta.¡Julio nos
entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría loque
ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?
Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de
Adriana.
También Laura solía hablarle de Julio, cuando estaban solas, y
suselogiosas referencias coincidían con la opinión íntima que de
él sehabía formado Adriana.
Un día Julio pareció transformarse en un hombre que no era el
Juliohabitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano,
ejecutabauna sonata, interrumpió de pronto la conversación que
sostenían sobre untema trivial, para preguntarle, con una voz
humilde, si acaso teníacontra él algún motivo de resentimiento.
Adriana le miró con asombro. Aquel dejo humilde y aquella
ciertainoportunidad ingenua de la pregunta, debían quedarle
murmurando comouna dulzura en la memoria. Le pareció
adivinar instantáneamente toda elalma de Julio.
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