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Adriana Zumarán

Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor,
aquelmismo amor que un año antes había visto brillar en los
ojos de Julio.
Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la
antiguaesperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran
inquietud la invadía.Cuando él hablaba, fingía distraerse, le
dejaba conversando con Zoraiday llevándose a Laura al otro
extremo del salón, se ponían a hojear elálbum de los retratos
abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saberpor qué, la
necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, noadvertía en
Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy seha
marchado—pensaba—sin saber a qué atenerse con respecto a
mí...Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y
comenzaba a dudar dela pasión presentida. ¿O andaría él tal vez
enamorado de Laura...?
Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su
memoria; surecuerda había sin duda trabajado los rasgos de
aquella cara, susgestos, sus actitudes mismas, prestándoles una
indecisión que no tenían,ahora, aquella frente tan recta desde la
raíz de los cabellos hasta elarco de las cejas, y aquellos ojos que
solían quedarse mirándola,durante un rato largo, con
naturalidad. Era otra cosa, también, sumanera de entrar, decir
saludando algunas palabras distraídas, y luego,sentándose con
las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como
siestuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué
no había ya,entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que
se habíanconocido. A veces una frase de Julio parecía, sin
embargo, buscar laintimidad y la confianza; algo invisible la
impulsaba entonces, más quenunca, a burlar la adivinada
intención. Burlarle aunque tal victoria lecostase la felicidad de
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